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sábado, 8 de noviembre de 2014

César Franck y La Schola Cantorum : Renovación sinfónica en la música francesa

El último cuarto de siglo XIX presenció la actividad de un número elevado de compositores franceses,  reunidos en Paris,  en los que se percibe un cambio importante en su orientación. Durante la mayor parte del siglo, Francia había optado por la opera. Con excepción de Berlioz (y también el ansiaba que se le reconociera como compositor de óperas) la mayoría de los compositores habían llegado a ser famosos por su condición de proveedores de obras muy vendibles para la escena lírica. Pero este nuevo grupo de compositores que ahora aparecen querían centrarse en otras cosas. Componían sinfonías, obras para piano y música de cámara y de este modo producían una nueva música no siempre bien recibida en otros países. Anatole France se quejaba de este modo: “ Francia! Grande en todas las artes, suprema en ninguna.
 
Cesar Franck es hoy un compositor pasado de moda; la delicada música de Fauré nunca pudo afirmarse fuera de Francia y la música de sus seguidores (D´IndyChausson, Lalo, Dukas) en general ha caído en el olvido. Para la mayoría de los gustos modernos esta música es como en el caso de Franck demasiado cromática, autocomplaciente, empalagosa. Se trata de una música extrañamente ambivalente, en cuanto se advierte la intensa influencia wagneriana, pese a los esfuerzos frenéticos de los compositores franceses por evitarlo. Y es que después del primer festival de Bayreuth en 1876, el lenguaje wagneriano se impuso de modo aplastante a los compositores franceses que en mayor o menor medida se bañaban en las armonías sensuales de Wagner. No olvidemos por otra parte que Wagner se convirtió en el dios de los poetas simbolistas.
 
Solo en apariencia, es escasa la influencia de Wagner por ejemplo en la Sinfonía en re menor de Franck o en el Poeme de Chausson. En realidad esa influencia resulta considerable.   Las armonías fluctuantes de Wagner, su incesante cromatismo se refleja en estas obras y en la música francesa. Algunos compositores franceses, al principio wagnerianos entusiastas, más tarde pugnaron por desprenderse del abrazo de Wagner, pero ninguno lo consiguió del todo.
 
Cesar Franck  (1822-1890)
 
Hemos visto como la música francesa, permanece al margen del puro esfuerzo romántico, pues la postura de Berlioz es absolutamente solitaria. Sinfónicamente Cesar Frank es el gran protagonista de un horizonte nuevo para la música francesa. Por otro lado en Franck nos damos cuenta de que era imposible volver las espaldas a la música alemana.
 
Franck, parte de Bach y de Beethoven, sin desdeñar tampoco las consecuencias de los poemas de Liszt. Débil ante la ópera, sometida aún a la influencia italiana aparece como maestro de generaciones en la música sinfónica y en la religiosa. Franck es músico francés por muchas cualidades de orden y de claridad, pero sobre todo por unas cualidades de sensualidad y de finura más claras en él, precisamente a causa de la ejemplar pureza de sus intenciones.
 
El Hombre.
 
D´ Indy puso de manifiesto las cualidades humanas de este músico apasionado y humilde, solitario e ingenuo, intransigente y cortés a la vez. Franck, crea un tipo humano de organista madurado entre el cotidiano quehacer de servicio al culto divino y religioso, limpiamente entregado de manera completa a su oficio, sometido a un orden ingenuo pero sin otra salida para su enorme robustez interior que la música.
 
Nacido en Bélgica (Lieja 1822) se naturalizó ciudadano francés y en Paris pasó el resto de su vida. Encuentra en el gran órgano de Santa Clotilde el molde preciso de una forma de vida humilde pero bien rellena de música. Entre el órgano y sus clases particulares, más un diario trabajo de creación y lectura pasa su vida.

Cesar Franck fue la fuerza dominante de ese periodo. La generación más joven se sentía atraída por Franck, para disgusto de algunos colegas como Saint-Saëns y Massenet. Después de 1838 y de un comienzo prometedor, abandona el conservatorio y Franck se hunde en la oscuridad. Enseñó, ofreció  conciertos, compuso,  y su música atrajo la atención de Liszt.
Cesar Franck, pronto se convirtió en el más discutido de los profesores, con un grupo de alumnos que se dedicaba a difundir en Paris el comentario de que Franck era la única figura progresista de esa conservadora institución. Se llamaba a esos alumnos los Franckianos: Vicent D´Indy,  Enri Dupar y  Ernest Chausson.

Como profesor, Franck transmitió a los alumnos sus ideas acerca de la armonía y la forma. Se sentía incómodo cuando alguien permanecía mucho tiempo en la misma clave y exhortaba: “Modulen! Modulen!” Franck fue uno de los pioneros de la forma cíclica que ya había introducido en sus tríos para piano en 1842. Franck predicó una suerte de desarrollo musical en el cual el material inicial estaba sujeto a manipulaciones en el ámbito de la misma composición. Con sus ideas de la transformación temática, Liszt había estado haciendo más o menos lo mismo durante la década de 1840 y 1850.
 
Las ideas de Franck originaron enérgicos centros de oposición y su música realizó escasos progresos. Cuando en 1880 se estrenó el Quinteto para piano, Saint Saëns que era el pianista, sintió odio hacia cada nota de la partitura, negándose a regresar para oír los aplausos. Después del estreno de la Sinfonía en re menor, en febrero de 1889, el comentario de Gounod fue: “Una afirmación de incompetencia llevada hasta los límites del dogma.”  Y los críticos se preguntaban porque Franck la denominaba sinfonía en re menor cuando recorría tantas claves en tan poco tiempo. Mientras vivió su música fue ejecutada muy pocas veces. Su popularidad llegó a ser enorme, pero después de sus muerte y no decayó hasta la década de 1930.
 
Su Estilo
 
Debussy nos describe de una manera bella e imparcial el estilo de Franck: “En Cesar Franck hay una devoción constante por la música. Ningún poder en el mundo podía obligarle a interrumpir un periodo que el crea justo y necesario; por largo que sea, es preciso aceptarlo. Es esta la señal de un arrobamiento desinteresado que se prohíbe todo sollozo cuya veracidad no haya sentido previamente.

En este aspecto Franck se emparenta con los grandes músicos para quienes los sonidos tienen un sentido exacto, en su acepción sonora; los usa con toda precisión sin jamás pedirles otra cosa que la que contienen. Esta es la total diferencia entre el arte de Wagner, bello y singular, impuro y seductor y el arte de Franck, que sirve a la música sin casi pedirle gloria alguna. Lo que toma a la vida lo restituye al arte con una modestia que llega al anonimato. Este hombre que fue desgraciado, desconocido, tenía un alma de niño, tan profundamente buena que pudo contemplar, sin agriarse nunca, la maldad del mundo y la contradicción de los acontecimientos.”

 
Su lenguaje es heredado de Beethoven, pero marcado por Wagner en las obras sinfónicas. Su escritura movida, cromática y rica en modulaciones. Su música es noble y sincera, pero lo que molesta a muchos oyentes es que a veces resulta dulzona. A veces es una música demasiado espesa y sus modulaciones excesivamente obvias. Y parte de la construcción es visiblemente débil. Existen algunos ingredientes de misticismo que pueden no gustar a muchos. Y es que Franck poseía un estilo extremadamente sensual que enturbiaba la piadosa imagen de Pater Seraphicus que se quiso dar del músico.
 
El sistema cíclico
 
Se estudia a Franck como creador de un nuevo sentido para la gran forma, que es el sistema cíclico. Hay un bloque de obras en las que se desarrolla conscientemente su sistema cíclico: los primeros tríos (1841-42), el quinteto (1878-79), la Sonata (1886), la sinfonía (1886-88) y el cuarteto (1889). La postura de Franck hacia la gran forma aparece como meridianamente lógica. El proceso de la música romántica camina hacia dos liberaciones: liberación de relaciones estrictas entre la tonalidad y, como consecuencia, la liberación del formalismo. En el terreno sinfónico, el sistema cíclico de Cesar Franck, consiste en la organización de la forma sonata a través de un desarrollo unido a células generativas. Viene a ser un sistema paralelo al leitmotiv wagneriano.
 
El sistema cíclico, buscaba también la melodía infinita y aunque pueda parecer fatigoso, no es arbitrario ni formalista. En Franck todo aparece conducido por una inspiración robusta, pero con matices de tierna sensualidad, específicamente franceses. Sus momentos más altos, los de la sonata de violín, alcanzan cimas auténticas de la música romántica.
El sistema cíclico maneja continuamente las técnicas de la gran variación, que quiere seguir el cauce enigmático de las últimas sonatas de Beethoven; requiere una depurada destreza orquestal y una gran fantasía para el trato de los instrumentos, la misma fantasía que Wagner puso al servicio del leitmotiv.
De una cierta pesadez formalista se resiente el sistema cíclico de Cesar Franck, en sus obras orquestales y sus poemas sinfónicos, que es vencida en las variaciones sinfónicas para piano y orquesta (1885) gracias a su tierna inspiración.

 
El órgano
 
La ejecución clásica del órgano era practicante un arte olvidado en Francia, hasta que Franck y otros encabezaron el renacimiento, durante la segunda mitad del siglo XIX.
El órgano es el punto perfecto en la obra de Franck. A través de una indudable influencia del órgano de Mendelssohn, injerta a Bach en el espíritu del romanticismo, Fugas, corales, grandes sinfonías de órgano al lado de maravillosas piezas breves, verdaderas romanzas sin palabras para el órgano. Sus obras para órgano constituyen un asombroso cuerpo que conquistará para el órgano francés un siglo entero de primacía.

 
Su primera serie importante de obras para órgano llegó en 1862, con Seis Piezas para órgano. Son las piezas más importantes que Franck ha creado y perduran en el repertorio. No obstante estas piezas no le hicieron famoso. Aun a los treinta y seis años, Franck era poco conocido como figura creadora. Pocas obras del periodo temprano de Franck son ejecutadas hoy. Es uno de esos compositores que se desarrollan tarde y la mayoría de las obras por las cuales se le conoce ahora fueron compuestas a partir de la década de 1880.
En los tres corales (1890) que son como la coronación de la obra de Franck, la música religiosa del siglo XIX se salva de dos peligros continuos: el sabor profano, la influencia del italianismo y la reacción contraria de seco formalismo. Las obras para órgano de Franck, son un maravilloso cauce de sensibilidad y de ternura. También determinan el sentido de obras pianísticas tan bellas como el famoso preludio coral y fuga para piano solista (1884) y el Preludio, aria y finale (1887)

Preludio, coral y fuga
 
En el arte compositivo hay una obra imprescindible que ha pasado muy desapercibida. Se trata del Preludio, coral y fuga, de Cesar Franck considerada por Cortot como “una de las diez mayores obras maestras de la literatura pianística. Es el genio más puro que pueda imaginarse el que mana de esta obra de arte admirable, grave y noble expresión del alma cristiana, sedienta de su dios y que, más allá de la cualidad incomparable de la música, reúne un sentimiento de orden universal y se hace el doloroso eco de las aspiraciones y los deseos humanos hacia un ideal consolador y glorioso.”
 
Esta obra de madurez del compositor franco-belga es, en sus propias palabras, un duro combate entre la sombra y la luz. Se trata de una obra melancólica, serena, misteriosa y luminosa al mismo tiempo. De una alta dificultad expresiva toda ella; el preludio es una insistente mirada sobre el abismo y va seguido, sin solución de continuidad, del coral, un tiempo lento doliente y misterioso, y, tras una bellísima modulación, de la luminosa Fuga.
Tiene forma cíclica y resulta una pieza imponente por su amplitud y profundidad. Requiere un gran dominio técnico del piano. La culminación de la fuga, en la que tres temas suenan simultáneamente, es quizás uno de los momentos cruciales de la literatura pianística.


Prelude, Choral et Fugue
 
Preludio, Aria y Final, es la que podría ser considerada “la sonata pianística” de César Franck. Fue concluida en 1887 y estrenada el 12 de mayo del año siguiente. A diferencia del tríptico de 1884, se trata de una obra en la que predomina la claridad. Se abre con un majestuoso Preludio de amplio tema y delicado cromatismo. En el Aria, que adopta la forma de balada, las indicaciones “simple,” “melodioso” y “muy dulce” aparecen con frecuencia. El tumultuoso Final, de grandes contrastes, recorre temas de los otros movimientos, atravesando sucesivas tonalidades antes de disolverse en la brillante tonalidad principal.

Prelude aria et final
 
El Oratorio y Los Poemas Sinfónicos
 
Franck, no fue afortunado en el campo operístico, pues fue incapaz de someterse al usual patrón de moda, de ver su música en el campo de lo escénico. Más bien trata de construir formas flexibles, ligadas a la cantata y al oratorio. Poemas sinfónicos para escenas bíblicas como Redención (1871-72) y Psyche (1887-88), escénicas bíblicas, como Ruth y Rebeca (1881), tienen mucho más interés que sus óperas.
 
Redemption (interludio sinfónico)

El propio Franck da el argumento, en el que se evoca la fe triunfante de la era de las persecuciones y que la hora actual ha sacudido de nuevo. Un gran tema invade la orquesta y desarrolla melodías de una sensualidad casi un poco wagneriana (las que condenaron la obra a oídos de sus contemporáneos). Tenemos aquí según Jean Gallois, “una admirable pieza de antología que presagia ya la sinfonía en re menor, mucho más tardía, pero también los siguientes poemas sinfónicos.”

Redemption

 
Psyche.

El poema de Cesar Franck está inspirado en el clásico mito griego de Psiquis y Eros, y su asunto mitológico, como se sabe, trata acerca de una joven, llamada Psiquis, que por su hermosura despierta los celos de la diosa Venus o Afrodita, quien envía a su hijo Eros, conocido en la mitología romana como Cupido, para que le infunda a Psiquis el amor por un hombre humilde y vulgar. Sin embargo, Eros se enamora de Psiquis y la lleva a su jardín con la ayuda de los céfiros. En dicho jardín, Eros la visitaría de tiempo en tiempo, pero Psiquis debía cumplir la promesa de no mirar jamás con sus ojos al ser divino durante su visita. Pero Psiquis falta a su promesa, contempla a Eros y el dios se aleja definitivamente de su lado, dejándola sumida en un profundo dolor.
 
En este poema sinfónico, Franck escribe una partitura estremecedora, sensual, voluptuosa incluso, con una orquestación aérea, con temas conductores fácilmente reconocibles a despecho de la proliferación melódica. Psyche deja ver la inspiración romántica en su lenguaje musical, en la que encontramos toques acariciadores, de un refinamiento completamente pagano. Con un abuso del cromatismo y del empleo de las séptimas y de las novenas que dan al poema, más aun que en las Eolidas, una atmosfera wagneriana netamente caracterizada. Así juzgaban aún a Psyche hace treinta años: “Un poco de Parsifal y mucho de Tristán.” Hoy somos menos sensibles y se puede reconocer a Psyche una mayor originalidad.
 
Aunque Psyche se divide en tres partes, la música fluye suavemente de su misteriosa apertura al vuelo de su final. No es dualista ni de naturaleza cíclica, sino que se abre con la simplicidad de una flor a los rayos del sol matinal. Buena parte de la música de este poema se ejecuta habitualmente como suite orquestal. La obra da la ilusión de formarse con una melodía constantemente flúida e ininterrumpida. Es la delicada transparencia de la instrumentación de Franck lo que motiva esa ilusión. La música jamás toca el suelo, sino que bordea las fronteros del ensueño. Con encanto melódico y sutileza de orquestación, Psyche está a la altura de lo mejor que haya salido de la pluma del compositor.
 
De Redención y Psyche se suelen dar fragmentos orquestales que responden a una típica concepción del poema sinfónico análoga a la del Cazador Maldito (1882). No debe olvidarse la admiración que Franck siente hacia Liszt.

El Cazador maldito.

Se basa en una vieja leyenda germánica, en la balada Der wilde Jäger (El cazador salvaje) del poeta alemán Gottfried August Burgue. Es la historia de un conde del Rin que se atreve a salir de caza el domingo por la mañana, violando el descanso cristiano.

La partitura sigue fielmente la historia que se divide en cuatro secciones:

La primera es un andantino en la que se escuchan los canticos y el toque de las campanas, sobre los que resuena un tema de trompa, que sobrepasan el cantico religioso que se eleva desde el interior de la pequeña iglesia lugareña; responde al sonido de la trompa el motivo religioso de los violonchelos. El sacerdote previene entonces a los compañeros del Conde respecto de las posibles consecuencias del sacrilegio que están a punto de cometer.

La segunda sección, (Allegro), evoca la caza, ante la reprobación horrorizada de los campesinos y como única respuesta se oye el vibrante reclamo de las trompas subrayando la vertiginosa carrera a que el Conde lanza su cabalgadura.
En la tercera sección, el cazador impío se inmoviliza, advierte que está solo pues sus compañeros han desaparecido por arte de magia y se halla  en una angustiosa espera que señala siniestramente la tuba. En vano intenta hacer oír de nuevo la voz de su trompa de caza cuando se eleva la voz que le maldice (lento): "¡Maldito seas, y conviértete desde ahora en presa propicia para el Infierno!".
 
En la sección final comienza la fantástica cabalgada y huida del Conde (segundo alegro), que concluirá con una atmosfera demoniaca y llena de espanto.
El  poema rebosa densidad temática, vigor rítmico y variedad colorista de la instrumentación.  La orquestación de Franck evoca la atmosfera obscura y fantástica de la caza infernal. El final de la pieza recuerda la macabra Songe d'une nuit de sabbat de la sinfonía fantástica de Berlioz y la influencia de Liszt. La obra posee una innegable potencia evocadora, digna de la leyenda germánica y de figurar, entre los grandes poemas sinfónicos del siglo romántico.

El Cazador maldito
 
Algunos pasajes de los poemas sinfónicos Las Eolidas (1876) y Los Djinns, exhiben una coloración y una pátina que anticipan ciertos efectos orquestales de Debussy.
 
Las Eolidas.

Primer poema sinfónico de Franck, fue inspirado por una poesía de Leconte de Lisle, pero el verdadero modelo fue Liszt  y la emulación de los amigos del compositor; recordemos que Saint Saens acababa de componer la Rueca de Onfalia, y la Danza Macabra. La obra no ilustra el poema de Leconte, sino que tiende a restituir musicalmente la atmosfera dentro de un cuadro estrictamente sinfónico. La orquestación es más fluida que la de Redemption. Las tonalidades son relativamente cálidas y las melodías bastante cromatizadas, rasgo típico de Franck.

les Eolides
 
Les Djinns.

Con este poema sinfónico, era la tercera vez que Franck ponía música a los versos de Víctor Hugo, sobre todo con cortas melodías. Esta vez se inspiró sabiendo lo que hacía en un poema de Orientales, pero dándole una significación totalmente diferente. “El enjambre de genios del aire, cazados por el aquilón, se convierten en él,  en la imagen de los instintos diabólicos que buscan perder las almas, pero son finalmente vencidos por la dulzura y la bondad” (Jean Gallois).
 Es más o menos el mismo tema de Redemption.   En cuanto a su escritura pianística, nos recuerda Alfred Cortot: “Sin buscar llamar la atención, sin sobrecargar la marcha de la escritura musical y sin interrumpir la lógica, simplemente añadiendo a la orquesta el recurso de un elemento sonoro y poético, la riqueza  del timbre suplementario del piano se mezcla a la acción musical.” Este tratamiento original del piano, es inaugurado por Liszt con su Danza Macabra, seguido por Debussy y Fauré (cada uno en sus obras: Fantasía) y por Falla con Sus Noches en los Jardines de España.
 
La construcción musical del poema sinfónico, Les Djinns, reposa sobre la oposición de dos sentimientos, unos de carácter rítmico, dominador, casi agresivo; el otro melódico, evolucionando de la inquietud a la angustia, hasta la tranquilidad confiada de la plegaria atendida (Alfred Cortot)
 
 
 




 
Música Vocal
 
En el grupo de música vocal destacan el bello, excesivo y olvidado oratorio,  Las Bienaventuranzas (1869-79) que representan el punto más alto de oratorio francés, equidistante entre la música de iglesia y la operística. Para un hombre de una religiosidad tan profunda como César Franck, el tema del Sermón de la Montaña poseía una fuerza particular. La profunda humanización de la partitura, el fuerte sentimiento religioso y la belleza de su lenguaje, en muchos casos cercano a la manera de escribir de Richard Wagner, convierten a este oratorio en una de las obras maestras de la música religiosa.
 
Las Bienaventuranzas

Las Bienaventuranzas (Les Beatitudes), es un oratorio para voces solistas, coros y orquesta, compuesto entre los años 1873 y 1878, aunque estrenado póstumamente, en 1891.
Se trata de una obra de difícil ejecución, por la envergadura de voces que requiere, y también por la duración (de poco más de 2 hs.), por lo que, a pesar de su gran calidad, no está incluida en los repertorios habituales de música sacra.
Está dividida en nueve partes: un prólogo y ocho secciones, una por cada bienaventuranza, según el texto de san Mateo 5,3-10. El conjunto desarrolla la idea de cada bienaventuranza en forma de un poema dramático donde intervienen distintos personajes: uno o dos coros "terrestres" (es decir que representan los pensamientos "mundanos"), un coro "celeste", la voz de Cristo, la Madre Dolorosa, los Justos, los Paganos, los Fariseos, Satán, y algunos otros personajes individuales (una madre, un huérfano, un viudo, una viuda, etc.).
 
Este poema dramático, debido a una escritora de la época de Franck, (Mme. Joséphine-Blanche) es una obra poco difundida en la actualidad, que se desarrolla contraponiendo con gran realismo los pensamientos "mundanos" y los propios de la fe cristiana. Además de la obra musical, que realza adecuadamente el texto, conviene prestar gran atención al poema, que no es una obra menor o simplemente ocasional. La autora era ya conocida por sus novelas para jóvenes, editadas en su momento por Hachette, de las que los críticos destacan su calidad literaria.
 
 http://www.eltestigofiel.org/arte/musica.php?idu=26 Aquí un enlace donde se encuentra el texto del oratorio.
 
Otras obras Sinfónicas y de Cámara.
 
Algunas de las obras de Cesar Franck,  todavía se escuchan regularmente: La Sinfonía en re menor; las Variaciones Sinfónicas para piano y orquesta (1885); y la Sonata para violín y piano en la mayor, su  pieza de cámara  más famosa.(1886)
 
Variaciones Sinfónicas para piano y orquesta.

Las variaciones, junto a la Sinfonía en re menor, es la obra de Franck que más corrientemente se ejecuta. La obra siguiendo el mismo principio que el poema sinfónico, los Djinns, no son propiamente unas variaciones concertantes, sino que están construidas sobre la progresión de una idea generadora en la cual, el piano y la orquesta contribuyen a partes iguales. El piano no desempeña, nunca o casi nunca, el papel de instrumento solista, y la propia orquesta, muy ligera para lo que era el estilo de Franck, se contenta con un enriquecimiento de color y de ritmo.
Desde la introducción, poco allegro, un tema interrogativo y brutal, casi patético, se presenta en la orquesta; el piano responde con una dulzura casi quejumbrosa mediante una repetición de cuartas descendentes. Estos dos motivos antitéticos y sin embargo, íntimamente unidos constituyen el material temático esencial.


Symphonic Variations for Piano and Orchestra
 
La Sinfonía en re menor
 
Constituye al mismo tiempo un testamento y una última afirmación del principio cíclico del compositor. La Sinfonía de Franck es el ejemplo típico de la forma cíclica. En efecto, el motivo de tres notas que escuchamos justo al comienzo de la sinfonía será el elemento temático que se desarrollará a lo largo del primer movimiento, pero además será incorporado en los principales temas de los siguientes movimientos, para volver finalmente en su forma original en la coda del tercer y último movimiento.
 
La sinfonía hay que situarla dentro de un movimiento de renovación de la forma sinfónica en Francia al declinar el S.XIX (postromanticismo); recordemos que en esa época, Saint Saëns acaba su sinfonía con órgano, conforme al principio cíclico franckiano, mientras Lalo escribe su sinfonía Española y D´indy su Sinfonía Cevenole.  Estas obras intentaban distanciarse de la forma y sonido del sinfonismo romántico alemán (ejemplificado por las obras de Brahms y Wagner),  a través de la introducción de ciertas innovaciones  genuinamente  “francesas", incluyendo la integración del piano o, en el caso de Saint-Saëns, del órgano, y utilizando un estilo temático cíclico.  En el decenio siguiente verán la luz las Sinfonías de Chausson y de Dukas.

El estreno, el 17 de febrero de 1889, fue un auténtico fracaso. La crítica fue despreciativa con la obra, juzgada demasiado espesa, con largura en los desarrollos y con continuas modulaciones. Pero es necesario comprender el clima musical que reinaba en París en la década que se inició en 1880. Existían fundamentalmente tres facciones. El público, en general, estaba interesado casi exclusivamente en la ópera, a menudo del tipo más trivial. Los progresistas, que incluían a Franck y sus discípulos, estaban entusiasmados por la nueva música radical de Wagner y de Liszt. El Conservatorio de París, en el que Franck era profesor, representaba el establishment musical. A través de su enseñanza y de su control sobre todo lo que se ejecutaba en el Conservatorio, los demás compositores del cuerpo docente intentaban mantener la tradición sinfónica de Beethoven y de Haydn. La Sinfonía en Re menor de Franck está ligada a ambas tradiciones: su forma sinfónica es propia de Beethoven, en tanto que su lenguaje armónico es propio de Wagner. Pero, ¿podía una sinfonía sin historia, sin texto, ser un vehículo apropiado para las armonías wagnerianas? Según el establishment musical parisino, la respuesta era un rotundo no. Se suponía que una sinfonía seguía el modelo establecido por Beethoven.

 
La obra está repartida en tres movimientos, pero encontramos las cuatro partes tradicionales. Cesar Franck lo justifica así: “La obra es una sinfonía clásica. Al final del primer movimiento hay una recapitulación, a continuación siguen un andante y un scherzo. Fue mi gran ambición construirlos de un modo tal que cada tiempo del movimiento andante fuera exactamente igual en longitud a un compás del scherzo, con la intención de que, tras el desarrollo completo de cada sección, uno pudiera superponerse al otro. Logré resolver ese problema. Al final, igual que en la Novena Sinfonía de Beethoven, recuerda todos los temas, pero en mi obra ellos no hacen su aparición como meras citas. He adoptado otro plan y he hecho que cada uno de ellos interprete una parte enteramente nueva de la música.”
 
1. Lento. Allegro non troppo.  El movimiento inicial comienza con una introducción lenta, sobre un tema sobriamente interrogador en la cuerda (es el tema base o célula de toda la obra).  El motivo principal, que está destinado a impregnar la sinfonía es muy interesante que sea prácticamente la misma figura que la que abre otras dos obras, que representan las dos tradiciones que Franck pretendía fundir: el poema sinfónico Les Préludes de Liszt y el final del Cuarteto para Cuerdas en Fa mayor, Opus 135 de Beethoven, de estilo haydniano. A este tema un breve canto de los violines, melancólicos, antes de que llegue una sección Lento, más viva, más nerviosa.
 
2. Allegretto: El movimiento central ocupa a la vez el sitio de un andante y de un Scherzo. Es un canto del corno inglés, no menos melancólico que los compases iniciales de la obra donde constituye el primer tema; le acompañan acordes de arpa y la cuerda con un sordo pizzicato como si fuera una marcha fúnebre. Al final del allegretto, los dos temas secundarios dialogan hasta hacer nacer la poesía más sobrecogedora.
 
3. Finale. Allegro ma non troppo. Como el final de la novena de Beethoven, recuerda todos los temas. Fiel al modelo de la forma cíclica, es un movimiento recapitulativo. Comienza con fuego, con un impulso victorioso. El tema principal, en re mayor, está henchido de heroísmo y va seguido de un motivo coral en los metales en la tonalidad de si mayor. Es finalmente el tema principal el que nos lleva a la grandiosa conclusión, llena de una especie de místico resplandor.
 
La obra acusa ciertas debilidades, a la que escapan sin embargo algunas obras anteriores como las Variaciones sinfónicas con piano, en la rítmica que a veces se hace algo pesada y en la orquestación, bastante compacta. Puede ser cierto que su asfixiante y cromática sonoridad, que algunos especialistas califican de wagneriana, puede resultar algo monótona, pero la memorable exploración de un tema único consigue que la obra toque tangencialmente a las grandes sinfonías brucknerianas contemporáneas. La Sinfonía en re menor conserva muchos triunfos; por ejemplo sigue siendo la obra sinfónica más representativa de un periodo germanizante de la música francesa.
 
“En una síntesis imperfecta, reúne el espíritu del coral, la unidad cíclica, la construcción beethoviana y el universo poético de Liszt y Wagner (Remy Jacobs)

Sinfonia en re menor

Franck: Symphony
 
Música de cámara
 
La Sonata para violín y piano en la mayor.
 
César Franck compuso en 1886 su única Sonata para violín y piano como regalo de bodas al gran violinista belga Eugéne Ysaÿe, quien la estrenó y paseó luego por todo el mundo. Es una de las obras fundamentales del dúo violín-piano y ejemplo perfecto de la construcción cíclica que preconizaba su autor. Los cuatro movimientos, en efecto, están tejidos alrededor de una idea musical común, que se transforma y reaparece mostrando la maestría del autor en el arte del desarrollo. Es una obra maestra absoluta de inefable belleza.
 
En este aspecto, Franck es sin duda alguna el maestro. La sonata presenta la tonalidad de La mayor y está toda ella basada en tres células melódicas generadoras que recorren toda la pieza. Esta fue una técnica Franck había adaptado de Franz Liszt en el que los temas de un solo movimiento reaparecen en los movimientos posteriores, pero por lo general transformados.
 
Una de las mejores sonatas para violín que se han escrito y combina un rico lenguaje armónico con la tradición clásica dentro del marco cíclico. Vicent D´Indy describió la Sonata como "el primer y más puro modelo de la utilización cíclica de temas en forma sonata ", y se refirió a ella como “este verdadero monumento musical”.
 
Por una parte, se respira en ella un ambiente puramente romántico, heredado del auténtico Lied Alemán, y por otra se percibe esa libertad y flexibilidad casi improvisatoria que la música francesa posee. Con todas estas novedades la sonata está desarrollada en cuatro movimientos:
 
El primer movimiento allegretto ben moderato. Nos es magistralmente presentado en forma de sonata sin desarrollo. Consta de un tema principal que contiene la primera célula melódica de la que hablábamos anteriormente, cuyo atractivo reside especialmente en su misterioso equipaje armónico (acordes de novena) que viaja acompañado de una gran incertidumbre tonal. Este tema de balanceo suave y dulcemente reflexivo, introducido por el violín después de una breve introducción a cargo del piano, es el núcleo temático de la obra entera.
 
El segundo movimiento allegro en Re. Corresponde a la forma tradicional de primer tiempo. Encontramos en él la vehemencia y vigor de un tema rítmico que abre esta sección. Expuesto por ambos instrumentos (piano primero y violín después) el tema es acompañado por un ornamento dinámico y en tres fases diferentes. Seguidamente, una breve transición construida con material de la primera célula, da paso al precioso segundo tema, auténtica expansión melódica en donde la grandiosidad de la armonía hace de este pasaje uno de los más inspirados y emotivos de esta sonata en concreto y de la música Franckiana en general. El desarrollo, bastante largo, comienza con "un recitado quasi lento" que enlaza con un fragmento basado en el segundo tema a partir del cual se suceden continuos cambios de tono, ocasionando interesantes modulaciones que vacilan entre la oscuridad y la luz. Finalmente la reexposición libera de esta vaga atmósfera incierta preparando el tramo final, que constituye esa magnífica subida arriesgada y compleja técnicamente para ambos instrumentos, suponiendo la explosión de todo el material lírico y emocional contenido y expuesto a lo largo de este brillante y genuino segundo tiempo.
 
Tercer movimiento Recitativo-Fantasía. Es de gran originalidad e inspiración. Sirve de andante y presenta un aroma muy cálido, tranquilo pero a la vez apasionado. Está pensada a partir de una fantasía propiamente dicha y una melodía compuesta de diversos elementos. Tras este sensual y arrebatado recitativo, observamos pasajes muy libres, casi improvisatorios, desembocando en virtuosas y pletóricas cadencias plagadas de riqueza sentimental. Exquisito pues resulta este recitativo fantasía, presidido por la magistral manufactura y sensacional calidad expresiva y melódica.
 
Cuarto movimiento allegreto mosso.  Es tal vez el mejor de los cuatro que contiene esta sonata. El tema principal forma un canon perpetuo. Constituyendo además una melodía apreciadísima por su valor emotivo y conmovedor. También hay que destacar pasajes de gran dificultad ejecutiva, mostrando a veces un sentido ampuloso y brillante que confiere a la pieza la categoría y prestancia que encierra en sí misma. Tímbricamente muy bien lograda, de sonoridad amplia y brillante, Franck recrea aquí uno de sus máximos exponentes formalmente hablando. Este cuarto movimiento reúne por tanto todas las condiciones necesarias para provocar de inmediato en el oyente el impacto, la admiración por la música de calidad. James Harding describió el movimiento como "un magnífico ejemplo de la escritura canónica, simple, majestuoso e irresistible en sus amplias proporciones, bellamente labrado".
 
Otras dos obras de cámara a tener en cuenta son: El gran cuarteto en re (1889) y el Quinteto para piano (1879) son obras elevadas y amplias, bellamente compuestas y muy impresionantes, verdaderas obras maestras. Aprecian sobre todo esta música de Franck los que responden sobre todo a los efectos sensuales del sonido.
 
El Cuarteto en Re mayor

El cuarteto en re mayor, es la gran obra de madurez de César Franck. Lo compuso en 1889 y está dedicado a León Regnier. Por aquel entonces, César Franck ya había compuesto su Sinfonía en Re menor (1888) y el Quinteto en Fa para piano. Es una de las últimas composiciones de César Franck.  Comenzado en el otoño de 1889, tras haber estudiado a fondo los cuartetos de Beethoven, el estreno se produjo el 19 de abril de 1890 y el éxito fue clamoroso. “¡Vaya!, exclamaría con cierta amargura el músico, parece que el público empieza a comprenderme.” Pocas veces repitió César Franck composiciones del mismo género. A sus alumnos, el “papá” Franck,  les decía: «Escribid poco pero que esté muy bien.» Y, ciertamente, al maestro le bastó un cuarteto para pasar a la historia. Fue precisamente esta pieza la que le otorgó el único éxito que pudo conocer en toda su vida artística. La obra es densa y marcada toda ella por el sello característico del autor, el carácter cíclico y la inestabilidad tonal.
 
El oyente no percibe la complejidad del desarrollo formal y cíclico de los temas, aunque intuye la solidez del conjunto, basada en un tema generador que aparece en el primer compás. En el primer movimiento (Poco lento–Allegro) vemos cómo se alternan los diversos temas en una estructura que combina la forma Lied y la forma sonata. El segundo movimiento (El Scherzo, en Fa sostenido menor), tiene una espontaneidad misteriosa que casi parece expresionista. En medio del trío aparece brevemente el tema cíclico. El tercer movimiento  (Larghetto) está en Si mayor y adopta la forma de un rondó. Se ordena con grandeza y sinceridad melódica en torno a una gran frase musical. El movimiento final (Allegro molto) presenta una forma sonata sumamente elaborada y se abre con una introducción que rememora los motivos de los movimientos precedentes en orden inverso y entabla un debate entre todos ellos, con una destacada presencia del vigoroso  Scherzo. El tema principal del último movimiento es el mismo que se oyó en el Lento con que se iniciaba el cuarteto. También volvemos a escuchar el tercer tema del Allegro inicial. El desarrollo pasa por diversas tonalidades (Do sostenido mayor, Fa sostenido, Re sostenido, Si bemol mayor). En la reexposición reaparece el ritmo del Scherzo, al que se superpone la melodía del Larghetto en valores aumentados hasta que llega la coda que cierra esta obra.

Cuarteto de cuerdas  en re mayor ( 1889)
 
Quinteto en fa menor para piano, dos violines, viola y violonchelo.
 
El Quinteto es la primera obra en la que empieza a percibirse el esplendor de César Franck tras su nombramiento, en 1872, como profesor del Conservatorio. Es una obra de sorprendente contundencia y en la que se ve  el sabio empleo que César Franck hace aquí de tonalidades alejadas. Jean Gallois observa un paralelismo entre la organización formal de la última parte de Les Beatitudes y el Quinteto en Fa. Estas obras son contemporáneas y parece lógico pensar que responden a un pensamiento convergente. Ello podría explicar el valor expresivo del Quinteto, que no se ajusta a la forma clásica de la sonata.
 
En el Quinteto, como señala con todo acierto James Harding (1991),"se ve la típica preferencia de César Franck por las melodías expandidas y de largo aliento, cromatismo evocador y frecuentes modulaciones." Una obra romántica, de gran envergadura y complejidad, en la que Franck adopta una estructura cíclica: retomando los motivos melódicos de los tres movimientos a lo largo de toda la pieza. Además de muy hermoso, es una obra maestra de la  música de cámara en todos los sentidos de la palabra, incluyendo los admirativos y peyorativos, que se pueden ampliar al esfuerzo físico que se requiere tanto del pianista como de la propia máquina del piano.

Enormemente apasionada, la obra es de gran envergadura y complejidad y Franck adopta para ella una vez más la estructura cíclica.

Consta de tres movimientos: un Molto moderato que comienza con una introducción dramática, desembocando en un tiempo rápido cromático y de amplio desarrollo; un Lento de largos temas melódicos en el que, no obstante, no decae la tensión y, finalmente, un fogoso Allegro non troppo, donde retornan los motivos cíclicos de los movimientos precedentes.
La Schola Cantorum. Discípulos de Franck. D´Indy - Chausson
 
La fundación de la Schola, es obra de los discípulos más queridos de Franck, y va a introducir en la música francesa un buen aire de academicismo. La polémica entre Schola (Conservatorio y Franckismo) e impresionismo, de la que se tratará posteriormente, ha tergiversado un tanto la verdad. La Schola Cantorum junto con la Sociedad Nacional de Música, se presenta contra la rutina y contra el desprecio de la novedad. La Schola realiza un enorme trabajo de restauración, de reestreno de la música antigua. A ella debemos el redescubrimiento de la polifonía clásica, de la ópera anterior  al romanticismo y las obras más difíciles de Bach. Una organización admirable de enseñanza hizo de la Schola Cantorum, durante mucho tiempo, el modelo ideal de un Conservatorio. Gracias a ella, el Órgano de Franck se convierte en la mejor escuela organista de Europa.
 
De los alumnos de Franck, Henri Duparc (1848-1873) fue su mejor alumno. La fama de Duparc descansa totalmente en trece canciones; No hay nada igual en Francia y ciertamente en Europa. La Chanson Triste, L´ Invitation au voyage, Phydilé, et la Vie Anterieure, son auténticos poemas liricos sutiles y melancólicos de profunda inspiración. Solo Hugo Wolf estaba creando este tipo de canción intensa, psicológica, de especial sonoridad y realización integral. Pero los discípulos más famosos de Franck fueron D´Indy y Chausson. Chausson, fue mejor y más inspirado compositor pero D´ Indy  fue la influencia más intensa. Quienes aman la música de Franck aprecian también la de Chausson, ambos de corriente abundosa y sensual.
 
Escuchamos algunas canciones de Duparc
 
Vicent D´Indy (1851-1931)
 
Todos los alumnos de Franck veneraban al maestro, pero D´Indy confirió a la veneración jerarquía de culto. D´Indy, fue esencialmente un diletante hasta los dieciocho años, cuando decidió consagrarse seriamente a la música. En 1872 se incorpora a la clase de Franck, quedando así determinada su vida futura y convirtiéndose en una de las figuras más activas de la música francesa. Cuando fue director de la Sociétée Nationale de Musique contribuyó aún más a difundir el mensaje.
 
D´Indy va a conducir la Schola, durante más de cincuenta años. El peligro de formalismo que se cernía sobre el sistema Franckista tiene su demostración más clara en las obras de este compositor. D´Indy es contemporáneo del tiempo del impresionismo pero su obra aparece casi como antifrancesa  por su huida de atmosferas y de sensualidad. D´Indy aporta  a la Schola Cantorum, verdadero templo de la estética franckiana, toda la estructura complejísima  de su enseñanza y también su postura polémica. Desde aquí combatirá ferozmente el debussysmo, aunque personalmente tuviera gran admiración por Debussy.
 
En 1912 enseñará dirección de orquesta en el Conservatorio de Paris y tendrá entre sus alumnos a Roussel, Satie y sobre todo Honegger. Sin embargo fue el gran desamparado de la música francesa,  ya que D´Indy cuya obra fue opuesta a la Debussy, Fauré o Ravel, no tiene hoy buena prensa.
Cierto que no fue un innovador, pero su producción, bajo la influencia germana primero, seguidamente de la estética franckiana tuvo sus logros en varios terrenos. Su música siempre nos resulta sugestiva y evocadora. Una música de inspiración romántica y a menudo melódica pero que para desvelar toda su belleza quizá necesite más de una escucha.
 
Entre sus grandes obras corales, está el Canto de la campana. La música de cámara, cuenta  con su admirable Quinteto.
 
Entre sus obras para piano, destacan los Cuadros de viaje y en el terreno de la orquesta, todavía se oye en el repertorio, su hermosa Sinfonía Cévenole (1886) más conocida como Sinfonía acerca de un tema montañés francés.
 
Esta sinfonía, es una bella obra para piano y orquesta, con una partitura brillante, acuciante en su segundo movimiento y con una utilización, extrarrefinada de los elementos populares del folklore francés. Su estilo, es mucho más directo que la música de Franck y Chausson, mucho menos tenazmente cromática, la Cénevole es una de las piezas más hermosas del posromanticismo francés.
 
Es su obra más escuchada. La obra está impregnada de amor a la naturaleza a la que D´Indy se sentía tan unido. Sobre una célula temática, que es una modesta canción del terruño, una melodía de pastores de las Ardeches, D´Indy construye toda la obra. Esa célula temática cumple un doble papel generador y unificador. El piano interviene continuamente, no tanto como solista que como instrumento principal: dialoga con la orquesta o se funde con ella con una suavidad y ductilidad ejemplares. Es una sinfonía firmemente arquitecturada, en un alegro, un andante y un final en forma de rondó;
 
Escuchamos la Sinfonía Cénevole y La Pluie ( La lluvia ) de Los Cuadros de Viaje para piano
 
 
Casi tan buena como la Cénevole, es su Sinfonía en si bemol opus 57 (1909), rara vez escuchada.
 
Esta sinfonía ha quedado eclipsada por la Cénevole y no merece el olvido en que ha caído. A diferencia de la Cénevole, esta la sinfonía nº 2 opus 57 está despojada, excepto el tercer movimiento de todo elemento folclórico. Refleja el  arte más depurado del compositor. La forma en cuatro movimientos sigue siendo clásica, sin excluir el empleo de un principio cíclico unificador, representado aquí por dos temas de los que no resulta seguir las transformaciones a lo largo de la partitura.

El primer movimiento (Introducción e vivo), ya en el lento preámbulo se escucha los dos temas generadores, el primero en la cuerda grave con el arpa, el segundo, casi simultáneo en la flauta. El segundo movimiento (moderadamente lento) posee un lirismo algo contenido y utiliza especialmente la viola y los metales. Sigue un movimiento (moderado y muy animado) con un carácter rapsódico y popular, valorado por la deliciosa melodía confiada a la viola sola. El último movimiento, es una conclusión de la sinfonía (Introducción, fuga y final, bastante vivo) y es el que presenta mayor interés, mostrando una riqueza y densidad de material polifónico que se traduce en abundantes combinaciones de los diversos temas precedentes.
En conclusión es una obra perfectamente ordenada, que se cierra sin que su cohesión formal aminore las bellezas, tanto melódicas como de color orquestal que contiene. No faltan ocasiones en que la sinfonía nos recuerda, acentos melódicos wagnerianos  y debussyanos.
 
Destacamos de la obra de D´Indy, también una serie de poemas o suites sinfónicas como, Istar y Día de verano en la montaña que aún conservan cierta notoriedad.
 
Día de verano en la montaña, tríptico sinfónico (1905).
 
Es otra noble partitura del músico. Consta de tres cuadros comentados por el propio autor: “Aurora, un amanecer sin nubes; El Día, ensueño en un bosque de pinos, mientras se escuchan cantos, abajo, en el camino; Noche, vuelta al albergue con las ultimas luces sobre las copas de los pinos, después…..la noche.” Un exegeta de la obra, Jean Gallois, dice que la obra es una celebración de la naturaleza en todo lo que tiene de bello, de solemne, de perdurable y de infinito.
 
En la obra, ninguna descripción,  todo es sencillo y sugerido, solo en la segunda parte (Día) se perciben los ecos del folclore del país (Vivarais). En el amplio amanecer del primer cuadro, la orquesta, al comienzo inorgánica, se va iluminando poco a poco. Suceden las bourrés y los cantos populares que llegan a trozos hasta el paseante que se adormece con el calor de después del mediodía. Estalla una breve tormenta (cuyo modelo confesado fue el de la pastoral de Beethoven). En La tercera parte cae la noche imponiendo solemnidad.
 
Día de verano en la montaña, es una obra concienzudamente realizada y muy evocadora. Como señala Gallois: “a través de los tres periodos del día, son tres periodos de su vida lo que quiere evocar D´Indy.”
 
Istar, variaciones sinfónicas opus 42(1896)
 
La obra tuvo una acogida entusiasta y quiere narrar la epopeya de Istar. La obra contiene algunas de las páginas más inspiradas de D´Indy que recurrió al VI cantico del poeta asirio Izdubar, en que se nos describe la aventura de Istar, Diosa del amor y de la guerra, que desciende a los infiernos para arrancar de ellos a su amante. Para conseguirlo tiene que atravesar las puertas de las siete murallas y despojarse en cada una de una joya o de un vestido, y es alegóricamente desnuda como logrará llegar al lugar donde residen las Aguas de la Vida, de donde volverá aquel a quien ama.

La obra consta de un tema y variaciones que ilustran las etapas del recorrido de Istar. La obra comienza con una variación de textura compleja, mientras las variaciones siguientes son cada vez más sencillas y más puras de expresión. En ellas discernimos sobre todo  las tres primeras  notas del futuro de Istar (en las llamadas del guardián de las puertas), después las dudas de Istar, su marcha que se afirma poco a poco, mientras la orquesta se deja invadir de una fiebre rítmica; finalmente el triunfo de Istar, y entonces su tema aparece completamente. El tema se impone con su radiante evidencia y toda su pureza (unísono de toda la orquesta en la última variación).

No hay duda, de que en esta partitura, de una orquestación brillante, D´Indy ha desplegado su mejor ciencia a la vez melódica, armónica y contrapuntística, a todo lo cual ha añadido, cosa poco frecuente en este músico tan riguroso, la pasión.
 

Ernest Chausson (1835-1899)
 
En 1879, después de conocer la música de Wagner, decide que será compositor. Hacia 1885 se estaba alejando de Franck y comenzó a componer. Fue amigo de todos los personajes del arte de la época (Degas, Rodin) y asimismo Chausson adoptó al joven Debussy. El generoso Chausson apoyó también a muchos músicos. Uno fue Isaac Albeniz. Chausson fue, como el primer Debussy, wagneriano entusiasta; nada más sintomático e interesante que la confluencia entre el leitmotiv y el sistema cíclico.
 
Chausson, discípulo directo de Franck, puede parecer en algún momento con su Poema para  violín y orquesta y con los trozos más apasionados del cuarteto y de la sinfonía, un lazo de unión con el primer Debussy.
 
Su lista de composiciones no es extensa y se pueden contar pocas piezas importantes: Sinfonía en si bemol (1891); el hermoso poema l´Amour y la Mer (1893); el célebre  Poema para violín y orquesta (1896) y el Cuarteto para piano (1898); el Concierto para violín, piano y cuarteto de cuerda op.21 (1889-91.) Su obra más ambiciosa compuesta entre 1886-95 es la ópera Le Roi Arthur, fuera del repertorio.
 
Muy influido por Franck, Chausson creó una música exuberante, de opulento cromatismo, en la cual la acción fisiológica del sonido puro ocupa un lugar principal. ¿Existe otra obra musical, incluida Tristán, que trasunte el sentimiento sensual, casi táctil del Poema para violín  y orquesta y del Poema l´Amour y la Mer? Es una música tan exquisita que parece toda ella terciopelo y ciertamente no es música para puritanos.
 
Poema para violín y orquesta opus 25
 
Esta obra, las más conocida y querida de Chausson, pertenece a la tercera época de su vida, marcada por la muerte de su padre en 1894, caracterizada por la gran influencia que en él ejercen los poetas simbolistas y sus lecturas de los rusos Dostoievski, Turguenev y Tolstoi.

Poema, refleja claramente la melancolía e introspección con la que Chausson estaba imbuido. De esta época son la Chanson perpétuelle (1898)  y este Poème opus 25 para violín y orquesta muy apreciado por Debussy que admiraba sus cualidades armónicas.

Es una obra aparte en la literatura concertante para violín, profundamente original que fue terminada en 1896. Al escuchar este Poema, nos sumergimos en un estado secundario en el que la vaguedad nos hace olvidarnos, del pretexto que sirvió como inspiración y que fue la novela del amigo de Chausson, Canto de amor triunfante, de Turgueniev. La influencia de Cesar Franck (y la de Wagner) está bien presente en la partitura. Sin embargo, Poeme, sigue siendo una de las piezas más prestigiosas del repertorio concertante para violín, investida de la más alta poesía y capaz de ejercer sobre el oyente una fascinación sonora próxima al embrujamiento.

 
La partitura, de la que puede confundir el aspecto de libre inspiración, está firme y clásicamente estructurada en distintas secciones: la primera, lento e misterioso es un preludio orquestal de carácter tranquilo, pero grave y casi doloroso. La segunda sección (un animato) hace emerger una frase inquietante que se exaspera, sombríamente expresiva, animada de violentos cromatismos. Es el segundo tema de la obra, que solo se afirmará más tarde en su forma elaborada. El paroxismo se alcanza en la sección siguiente por medio de un largo crescendo de la orquesta.
 
Poema del Amor y del Mar. 
 
Una hermosísima partitura en la que Chausson utiliza como punto de partida un texto igualmente hermoso, los poemas escritos por su amigo Maurice Bouchor, poeta que se acercó mucho al mundo del simbolismo. Ese simbolismo y también un aspecto profundamente romántico queda reflejado en este poema de Chausson. Son Dos piezas para voz y orquesta, La Flor de las Aguas (Les Fleurs des eaux) y la Muerte del Amor (La Mort de L´Amour)  y un intermedio entre ambas; es así como queda la exquisita partitura, una música muy bella envuelta de melancolía donde destacan la delicadeza en la línea melódica,  y el sutil empleo de la armonía.  La obra retrata un momento muy preciso del simbolismo y del mundo francés a finales del siglo XIX.
 
La traducción de este poema al español, está tomada de este Blog más que recomendable y cuyo enlace os dejo. http://classicmusica.blogspot.com.es
http://classicmusica.blogspot.com.es/2010/10/chausson-poeme-de-lamour-et-de-la-mer.html
 
Las canciones de Chausson, tanto Poema del amor y del mar, como Chanson Perpetuelle, utilizan una frase musical amplia y sinuosa que tienen un encanto especial, acentuada por ritmos flexibles.
 
El Poeme para violín y orquesta y la Sinfonía en si bemol, una absoluta obra maestra, son esencialmente eróticas, en la medida en que la música puede serlo. Chausson realizó en la Sinfonía lo que Massenet estaba haciendo en la ópera, si bien la música de Massenet tiene más sustancia. La sinfonía en si bemol es una obra subestimada. Tiene más forma y disciplina que la sinfonía en re menor de Franck. Sus frases están más perfiladas y su contenido melódico exhibe un nivel uniformemente elevado.
 
Sinfonía en si bemol.
 
Es considerada como una obra maestra en la producción de Chausson. La que mejor revela la personalidad del compositor y el lugar determinante que ocupa la evolución de la música sinfónica francesa del siglo XIX. Chausson que era un hombre de personalidad independiente, un poco severa y altanera, algo inclinada hacia el pesimismo, generosa como lo demuestra su desvelo por Debussy y Albeniz, perfectamente liberal y accesible al entusiasmo. Estos rasgos se reflejan en la sinfonía, que además parece fundir los principios de la escuela de Franck con las adquisiciones wagnerianas y anunciar el impresionismo musical en gestación.
 
Estructurada en tres movimientos: Lento y allegro vivo; Muy lento; Animado.  El primer movimiento hace una bella y grave introducción en la que el tema muy modulante, es encargado a la cuerda, al clarinete y a las trompas.  Instrumentación apropiada para valorar una atmosfera de lirismo generoso, pero por lo regular tenso que se apartará del resto de la partitura. El segundo movimiento, no os lo perdáis pues es una música bellísima, muy tristanesca,  es según expresión de Jean Gallois, un amplio ceremonial de una grandeza y de una potencia poco común. Una especie de lamento en el cual el dolor encuentra en determinados instantes una expresión desesperada. El tercer movimiento, constituye, siguiendo el principio franckiano la recapitulación de todos los temas y motivos oídos precedentemente.
 
Asombra el juicio emitido después del estreno por la Guide Musical, en el que alaba la búsqueda de armonías y la instrumentación sólida y rica en sonoridades y combinaciones modernas. Vasta y profunda, austera a veces, pero animada sin embargo del impulso de un fervor sombrío y jubiloso, la obra se inscribe sin duda en la dependencia del  Franckismo.
 
En  su  orquestación, se detectan los rasgos de un wagnerismo militante y es menos masiva que la orquestación de la  sinfonía en re de Franck (los refinamientos armónicos parecen predebussystas); destacan también las audacias de forma. Sin duda la sinfonía se afirma ante todo como un testimonio humano, a menudo desgarrador, como una de esas grandes músicas del alma de las que dijo Jacques Lonchampt que mantienen vivo nuestro corazón.
 
Música de cámara.

El crítico musical Joaquim Zueras señala de la música de Chausson: “Una vez me vi en el apuro de tener que explicar cómo es la música de Chausson. No se me ocurrió otra cosa que compararla con la elaboración de un coctel especial: Ponga tres cucharadas soperas de Cesar Franck, dos de Wagner pasadas por un colador francés, una cucharita de d´Indy, otra de Massenet, tres gotas de Debussy, dos de angostura, una de melancolía, media de desolación y una pizca de osadía. Agítese bien, pero con cuidado de no romper el sistema tonal, y obtendrá una interesante mixtura. Combinado Chausson, sólo para paladares a la búsqueda de nuevas emociones a través de imaginativos contrastes.”

El Cuarteto con piano y cuerdas opus .30 es de 1897. El primer movimiento ofrece como material básico un tema pentatónico mientras el tercero muestra la influencia española, otra de las fuentes de fascinación para tantos compositores franceses de la época. Oficialmente no aparece un Scherzo, pero éste puede deducirse de la sección central del Animé conclusivo. Hacia el final, la obra expone su deuda con Franck al recordar temas de los dos primeros movimientos.

Piano Quartet in A, Op. 30 (1897)

Concierto para violín piano y cuarteto de cuerda opus 21 (1891).
Una de las obras más considerables de la música de cámara francesa de finales de siglo. No es un concierto estilo del siglo XIX sino más bien una pieza de cámara concertante que sigue el espíritu de Couperin o Rameau.  Más bien se trata de un duetto entre el violín y el piano que se ve acompañado por las intervenciones del cuarteto pero sin que se llegue a producir esa situación concertante entre el dúo y el cuarteto.

Estructurado en cuatro movimientos: Decidé; Sicilienne; Grave; Tres animé.  Por su arquitectura es vecino del quinteto de Cesar Franck cuya influencia puede notarse. Desde la introducción del primer movimiento,  “Decidido”,  se adopta la forma cíclica. Lleno de confusión, esta introducción sumerge al oyente en la atmosfera oscura y angustiosa que domina todo el trabajo. La siciliana es uno de los mejores trabajos escritos por Chausson con una melodía de ensueño que se mueve con gracia en un piano brillante y cristalino que evoca el arte de Fauré como hizo notar D´Indy. 

Sin duda una de las músicas más bellas de Chausson están en este desgarrado concierto. Está claro que la presencia de Cesar Franck se deja sentir en el tratamiento cíclico, pero Chausson lo hace suyo dentro de un desarrollo melódico, armónico e instrumental completamente moderno a lo largo de una lírica inflamada.

Chausson es ese eslabón que falta entre Franck y Debussy que tiene su propia personalidad y existencia autónoma.

Concert for Violin, Piano & Str. Quartet Op. 21
Concerto for Violin, Piano and String Quartet



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domingo, 26 de octubre de 2014

Gounod, Saint-Saens, Bizet y el renacimiento de la ópera francesa

El panorama de la música y de la ópera francesa hasta el  Fausto de Gounod.  La influencia del italianismo

Antes del estreno de Fausto, Paris vive  como ninguna otra capital de Europa, la invasión de la ópera italiana. Hasta la aparición de Berlioz y de su grupo, no hay una protesta organizada. Durante muchos años, y hasta su muerte vive Rossini en Paris como vivo testimonio de la ópera italiana.
 
Veamos cuales son las razones de ese dominio del italianismo:
 
-No hay en Francia un movimiento de la música romántica similar al de Alemania, en donde Wagner ha venido recogiendo el fruto de muchas cosas labradas entre el piano y el Lied.
 
-En Francia y hasta Fauré, no hay un piano que resuma todas las apetencias románticas.
 
-Tampoco existe en Francia un estado de espíritu capaz de crear una serie de acentos legendarios que tanto influyen en la creación de la ópera nacional alemana.
 
En conclusión para esta generación se puede aplicar los juicios de Stendhal que ligan esenciales facetas del romanticismo literario a la ópera italiana. La situación permanecerá así sin protesta hasta la famosa carta de Baudelaire a Wagner.

La Opera de Paris que había estado a la vanguardia durante la década de 1830, ya en 1850 se había convertido en un anacronismo y formaban la mayor parte del repertorio. Ni Auber (1782-1831) ni Herold (1791-1835) aportan ningún acento francés más allá del frio clasicismo de Cherubini que domina la escena francesa.
 
El caso de Meyerbeer no es muy diferente en originalidad. Cierto que éste domina despóticamente la Ópera de Paris en los mismos años que Wagner hace su primer viaje. Meyerbeer, pese a su reputación de genio, no sale del marco fácil de la ópera italiana al servicio de argumentos hechos de los tópicos de la novela romántica, vestidos con una falsa brillantez. Halevy (1799-1862) y Adam (1833-1856) siguen más o menos las mismas tendencias.
 
Diferente va a ser la situación de la ópera cómica francesa, que si va a encontrar acentos originales y matices de libertad. Sobre todo es el caso de Offenbach (1819-1880), que consigue cierta originalidad de estilo, no lograda en la opera seria. Con Offenbach puede apreciarse una cierta emancipación del italianismo. Muchas melodías de Offenbach han pasado a constituir lo que Jean Cocteau llama folklore y tradición del café-concert. La bella Helena, la vida parisina y los cuentos de Hoffman son sus obras más celebres.
 
El mismo Wagner sentía admiración por la ópera cómica francesa: “esta modesta escena lírica, que es la mejor encarnación del gusto parisien, de su vivacidad y de su gracia natural.” Wagner funda sobre el can can toda una psicología de la nación francesa y de su música,  sin sentido despectivo y aprovechando para arremeter contra la ópera italiana.
 
Este dominio musical del Italianismo se extiende al Conservatorio de Paris.  Solo hacen frente al conservatorio, Berlioz y los entusiastas de la nueva música sinfónica. En 1860, Tannhäuser fracasa estrepitosamente en Paris e idéntico destino tienen las óperas de Berlioz. Estos dos grandes esfuerzos revolucionarios que pudo conocer Paris no van a alterar la evolución de la ópera romántica francesa  hecha toda ella sin despegarse del italianismo.
 
Finalmente con Gounod  y su Fausto junto a Baudelaire con su famosa carta a Wagner se  inicia una tónica contraria. Y más tarde los poetas, pintores y novelistas franceses  serán todos wagnerianos,  y lo serán antes incluso que los mismos músicos.  Wagnerismo que sigue hasta el siglo XX con la novela de Proust a la cabeza.  No olvidemos el profundo wagnerismo de plumas tan opuestas como la de Mallarmé y la de Zola.
 
Junto a los triunfos de Fausto de Gounod, Carmen de Bizet y Sanson y Dalila de Saint – Saens,  va triunfando poco a poco y entre polémicas, la opera wagneriana. Cuando el repertorio de la música romántica alemana se impone, la ópera francesa pasa un momento difícil. El acento de gracia y originalidad lo sigue poniendo la ópera cómica francesa, pero los compositores, en medio de la polémica wagneriana, buscan otra cosa que no se encontrará hasta Pelleas y Melisande de Debussy.  Mientras tanto, todo el mundo literario y los entonces músicos de vanguardia, hacen su peregrinación real o imaginaria a Bayreuth.
 
Entre 1850 y 1870 solo unas pocas óperas francesas se habían sumado al repertorio y es natural porque la dirección del teatro no quería correr riesgos. Por lo tanto la nueva escuela de compositores franceses tuvo que buscar nuevos horizontes. Afortunadamente para ellos, León Carvalho, director del Teatre Lyrique, se mostró hospitalario con la nueva música, preocupándose porque la nueva música francesa y también la de Wagner fuesen escuchadas. Parece irónico que la nueva ópera francesa, representada entonces por Fausto haya sido estrenada, no en la Ópera de Paris, sino en el Teatre Lyrique.
 
GOUNOD (1818-1893)
 
El impulso musical que guio a este compositor, provino de una representación de Otelo de Rossini a la que asistió: “Si me hubieran impedido aprender música, habría huido a Estado Unidos y allí me hubiera ocultado en un rincón donde me dejarán estudiar.” En 1836, Roma fascinó a Gounod. Descubrió allí muchas obras de música sacra del siglo XVI y comenzó a estudiarla seriamente. Muy próximo a la fuente de la iglesia, adoptó una actitud muy religiosa.

En su Regreso a Paris, vía Viena y Leipzig, en esta última ciudad estuvo con Mendelssohn, escuchó fascinado la música coral de Bach. Sobre Gounod influyó de manera decisiva la amistad de Mendelssohn, quien le inició en Bach y todo el clasicismo.

 
A pesar de sus inquietudes religiosas y literarias, a pesar de sus esfuerzos por  otras músicas, Gounod es un admirador de la polifonía clásica, y su célebre Ave María está montada sobre un preludio de Bach.
 
Gounod  fue, un testigo no demasiado cordial, del éxito de Cesar Franck y de la nueva escuela francesa, que nunca dejo de respetarlo.
Le ocurría a Gounod, algo parecido que  a  Liszt y era que  estaba desgarrado por la carne y el demonio y en ciertos ambientes lo llamaban el monje casquivano. Por su encanto abrumador pocos podían resistirse.
En aquella época en Francia, el modo de llegar a hacer fortuna dentro del marco musical francés era pasando por la ópera. Gounod empieza a ensayar a partir de 1850 con Sapho a la que siguieron otras obras que no suscitaron impresión alguna. Comienza Fausto en 1850, pero la interrumpe para  dedicarse a Le Medecin malgré lui que se estrenó con éxito en 1858.
 
FAUSTO.
 
Fausto va a ser un triunfo de la música burguesa aplicada al gusto burgués. Su libreto de Jules Barbier y Michel Carré, fue adaptado de la pieza de Goethe. Su música no era tan avanzada como la de Berlioz. Incluía el más teatral de los demonios teatrales, y una heroína que ascendía al cielo acompañada por los cantos de un coro celestial. Pero se impuso arrolladoramente a Europa y a Estados Unidos. Entre las tres grandes óperas de Verdi en el periodo de 1851-1853 (Traviata, Rigoletto y Trovador)  y la locura wagneriana que sobrevino después de la primera temporada de Bayreuth en 1876, Fausto,  fue una de las muy pocas óperas que tomó Europa por asalto.
 
Con el estreno de Fausto en 1859, se convierte Gounod en el compositor más famoso de Francia. Representa el primer paso importante de emancipación de la ópera francesa.
 
Pero solo después de su triunfo en Alemania, es acogido bien en Paris. Gounod que no termina de comprender el esfuerzo de Cesar Franck, tampoco hace un Fausto a la alemana. El libreto elimina todos los lados oscuros, quedándose solo con el episodio de Margarita, el más apto para una normal construcción operística. La estructura tradicional se conserva sin lograrse una gran novedad escénica. La orquestación es más ambiciosa que la normal que acostumbraba a escucharse en el éxito italiano y también es mucho más pura y natural que la de Meyerbeer.


Los bailables continúan la tradición de Paris, que no concibe ópera sin ballet. Los mejores momentos son los liricos, donde ya el aria se amolda a la especial sensualidad y ternura de la lengua francesa, con un texto totalmente idiomático para la voz.

 
Obra maestra sin discusión que combina momentos musicales sublimes de una gran sensibilidad melódica y de una inusual fuerza dramática, en especial en el último acto, con independencia de la mayor o menor debilidad del elemento escénico y argumental. No es de extrañar su éxito musical, pues es una de las grandes óperas de la historia, que además  marca un hito en la música francesa.
 
Lástima que el resto de las óperas de Gounod no se le aproximen, pero Fausto es a la renovación de la música en Francia lo que las mejores óperas de Verdi lo son a Italia.  Fausto es  ya genuina ópera francesa, liberada del italianismo.
La ópera contiene muchos de los elementos que Massenet habría de recoger más tarde: picantes armonías cromáticas, melodías dulces, sentimentalismo y una orquestación elegante.
 
La ópera francesa de la segunda mitad del siglo XIX es un arte que se caracteriza por el delicado ajuste, no importa cuales sean las fuerzas imponentes desplegadas.  Es posible que se utilice una gran orquesta, pero la partitura es mucho más ligera que en una obra  alemana del mismo género. Fausto pertenece al género de la gran ópera, que alcanza su mejor efecto solo cuando se la presenta con estilo, en las proporciones adecuadas  y con un sonido delicado.
 
Escuchamos ahora algunos fragmentos de Fausto:
 
La sacrosanta tradición de la Ópera de Paris, exigía el siglo pasado que toda obra lírica fuera interrumpida por un gran ballet. Wagner y Verdi se sometieron a esta costumbre y cuando lo tocó a Gounod, también lo hizo. En el primer cuadro del quinto acto, Mefistófeles lleva a visitar a su imperio al doctor Fausto, pensando que las reinas de la belleza de la antigüedad le harán olvidar a Margarita. Compuesto de siete números, la Noche de Walpurgis es el ejemplo de una música funcional, agradable de escuchar y que está muy lejos de los logros coreográficos de Delibes.
 
Musique de ballet : 1ºLes nubiennes -2º Adagio- 3º Danse Antique -4º Variations de Cleopatre – 5º Les Troyennes – 6º Variations du mirroir – 7º Danse de Phryne
 
Fausto Introduccion overture
Act I Vin ou Bierre
Act II Le veau d'or est toujours debout
Act II Vals Ainsi que la brise légère...Ne permettrez-vous pas ma belle demoiselle

Act III Faites lui mes aveux
Act III Salut! Demeure chaste et pure
Act III Je voudrais bien savoir Act III 'Ah! Je ris de ma voir si belle en ce miroir!' ( Air de Bijoux)

Act III Love Duet  Il se fait tard..Adieu..Oh Nuit d´amour
Act IV Déposons les armes...Gloire immortelle ( Coro de los Soldados)

Act IV Escena de Margarita y Mefistofeles en la Iglesia Seigneur, daignez permettre
Act V La Nuit de Walpurgis Coro y Mefistoles presenta su reino a Fausto
Act V Ballet de la Noche de Walpurgis
Act V Scene de la Prison Va-t-en! Le jour va luire
Act V Ah! c´est la voix. C´est Toi je t´aime ( duo de amor )
Act V Alerte Alerte
Act V ( Final ) duo de amor. Margarita rechaza a Fausto. Condenacion . Salvacion de margarita

 
Después de Fausto, Gounod compone Mireille (1863) y Romeo y Julieta (1864) pero nunca se aproximaron a la popularidad de Fausto. Con todo debemos a Gounod el haber liberado la ópera francesa de la banalidad y la vulgaridad que sufrió bajo el reinado de Auber y de Meyerbeer. En una época de convenciones y sosería, introduce en la escena francesa un soplo de aire fresco y de poesía.
 
Escuchamos algunos fragmentos de Romeo y Julieta
 
Romeo y Julieta Je Veu Vivre
Romeo y Julieta Duo de amor O Nuit Divine
Romeo y Julieta Act IV Escena de amor y despedida de los amantes
Romeo y Julieta Act V muerte de los amantes


Mireille, con libreto de Michel Carré basado en una epopeya popular (Mirèio, 1869) del poeta Fréderic Mistral, que había causado gran sensación en la época. Se trata de una ópera singular para los tiempos que corrían por aquel entonces; una ópera basada en la sencillez y la humildad en una época en la que se buscaba justo lo contrario. El argumento está ambientado en la Provenza durante la primavera, y gira en torno a la joven Mireille, enamorada del lugareño Vincent, joven de posición pobre que corresponde al amor de la protagonista. La joven se entera de que su padre Ramón pretende casarla con el rico Ourrias, al que ella no ama. Su padre, además, cuando conoce su relación con el joven pobre, se opone al tiempo que Ourrias, celoso del joven Vincent, lo hiere de gravedad. Mireille, creyendo en peligro la vida de su amado, emprende el camino de la capilla de Saintes-Maries, tal y como prometieron los enamorados si algún día les sucedía alguna desgracia. Ella consigue llegar a su destino moribunda, tras haber cruzado el ardiente desierto de La Crau, y muere en brazos de su amado, que se había restablecido de sus heridas gracias a la ayuda de la bruja Taven.

La obertura es, en el espíritu de Gounod,  es  un poema sinfónico evocador de la Provenza.
Otras Obras de Gounod
 
Los caracteres de la inspiración de Gounod, aparecen más libres y sueltos en las obras ajenas a la ópera. Es en las canciones donde se aproxima a la técnica romántica del Lied  y en los oratorios y cantatas no sometidos a preocupaciones escénicas.
 
Las Canciones.
 
Un sector poco conocido de Gounod, incluye sus canciones. Venise y el ciclo Brondina, Philemon e Baucis y la canción del pastor en Sapho, son elegantes, encantadoras y tiernas. Influyeron sobre el desarrollo de la canción francesa a través de Debussy y en 1922, Ravel destacó su importancia, llamando a Gounod, fundador de la composición de canciones en Francia. De este modo Gounod volvía a descubrir la sensualidad armónica que se había perdido después de los clavicordistas franceses de los siglos XVII y XVIII.
 
La Música Religiosa.
 
En la última parte de su vida, Gounod, se orienta hacia la música religiosa que conquistó mucho éxito, sobre todo en Inglaterra con obras como Mort e Vita, La Redemption y las Siete Palabras siendo las más importante junto a la Messe a Sainte-Cecile. Los oyentes respondieron con entusiasmo al disimulado erotismo de la música. Gounod deseaba que se le conociera como el músico del amor; pero como bien decía: “si un buen católico me disecara, se sorprendería mucho ante lo que hallaría en mi interior.”
 
Lo cierto es que la posteridad no ha ratificado mucho los juicios halagadores que  profería Saint-Saens (1835-1921) acerca de su música religiosa. La Misa Sainte-Cecile no deja de tener un estilo dulzón y a veces vulgar.
 
Saint-Saens y Sanson y Dalila
 
Saint-Saens desde el punto de vista sinfónico, sirve de puente entre dos generaciones, pero desde el punto de  vista de la ópera queda sin una misión importante. En terrenos cercanos como el de la música religiosa, en el Réquiem consigue cuadros de fría grandeza.
 
Mientras que las óperas de Cesar Franck no consiguen una novedad de estilo ni éxitos importantes, Sansón y Dalila de Saint Saens, estrenada en 1873, supone un paso importante. Saint Saens la concibió como un oratorio, pero la ópera tuvo un éxito excelente en toda Europa. No hay novedades decisivas, pero la brillantez del color exótico esta magníficamente conseguida. La bacanal del tercer acto, en el sentido de los poemas sinfónicos de Saint-Saens, es un maravilloso ballet. Brillan en la ópera las cualidades de ternura forasteras en el estilo de Saint-Saens. Audaz, para su época, la ópera está llena de transiciones entre escenas sin solución de continuidad, muy a lo Wagner. Asimismo la orquesta juega un papel destacado y refleja musicalmente la tensión dramática de la acción.
 
Sansón y Dalila reúne en si la tradición francesa, alguna influencia Wagneriana, los aires de exotismo oriental, tan atractivos entonces, y una grandiosa severidad junto a una insistencia en el contrapunto, en los episodios corales. Es especialmente notorio como cambia el estilo musical según intervienen en la opera los judíos (severidad, contrapunto, clasicismo) o los filisteos (melodías sensuales, exóticas y eróticas)
 
Escuchamos algunos fragmentos de Sanson y Dalila
 
Acto I
 
En Gaza, en una plaza junto al templo de Dagón, se escucha la severa obertura y el triste lamento del coro de los judíos bajo la opresión de los Filisteos. Se puede apreciar el clasicismo de la música de Saint-Saens en los momentos fugados.
 
Después de la danza de las sacerdotisas, Dalila se dirige cálidamente a Samson y canta Printemps qui commence : Esta aria tiene lugar cuando las sacerdotisas del templo de Dagon salen de él celebrando la llegada de la primavera, agitando sus guirnaldas de flores, en un intento de provocar a los soldados hebreos que acompañan a Samson. Éste está profundamente turbado e intenta evitar caer en la seducción de Dalila, que un viejo hebreo le advierte como un peligro, pero ya es tarde porque Samson ya ha quedado seducido.
 
Acto II
 
En su casa, en el fértil valle de Sorek Dalila piensa en el poder que ejerce sobre Samson y después de un exótico e hipnótico interludio, canta “Amour Viens aider ma faiblesse”
 
La escena de amor del Acto II en la tienda de Dalila es una de las piezas típicas que definen la ópera francesa. Página considerada como una de las más exquisitas y sensuales de toda la lírica francesa que marca la diferencia con el aria italiana y es germen de la futura canción francesa. En la escena tercera, del acto segundo, vemos a una Dalila que teje los hilos de la seducción que atraparán el corazón de Sansón: Mon Coeur s´ouvre a ta voix. Sobran las palabras ante una de las más bellas arias de la historia de la ópera. Solo recordar que breves instantes después de escuchar este prodigio de seducción musical, Samson sufrió el más fatídico corte de pelo de la historia.
 
Acto III.
 
Samson encadenado, ciego y privado de su cabellera, hace girar la rueda de un molino en la prisión de Gaza, mientras invoca la misericordia de Dios: Vois ma misere, helas! El coro de los judíos le recrimina.

Vois, ma misère"

 
En el templo de Dagón, los filisteos celebran su victoria con una bacanal que todos danzan.
 
Entre las burlas de los filisteos, Samson es colocado entre dos columnas del templo y eleva su plegaria que Dios escucha. Samson derriba los pilares del templo y todos los filisteos y el propio Samson mueren bajos las ruinas del templo.

Final del Acto III: El templo se derrumba

Georges Bizet (1836-1875)
 
Bizet fue de esos niños que poseen todas las cualidades musicales. Conoció a Gounod que ejerció profunda influencia en su desarrollo.
Desde el principio mostró un sentido melódico superior y refinado y el correspondiente buen gusto. Nunca quiso tomar el cielo por asalto y prefería a Apollo que a Dionisios. “Tengo el coraje de preferir antes a Rafael  que a Miguel Ángel, a Mozart antes que Beethoven, a Rossini antes que a Meyerbeer.” Escribió Bizet.

 
En música no había nada que no fuera irrealizable para él, un joven regordete, de carácter irritable, siempre vestido con elegancia, mordisqueando sin descansos dulces y tartas, chocolates y petits fours.

Es una de las figuras más interesantes de la música francesa del Siglo XIX. Fue un gran pianista que conoce perfectamente toda la música europea y lo que es tan importante, el movimiento literario francés, en pleno auge del naturalismo. En el pescador de perlas (1867), Bizet se somete al patrón italiano de manera absoluta sin asimilar tampoco acentos exóticos.

 
Bizet estimaba mucho a los románticos alemanes, especialmente a Schumann y nos deja en Juegos de niños un piano sutil y delicado. La admiración de Liszt por Bizet es una buena prueba del cambio de horizonte que preparaba. Wagner en cambio, a pesar de la opinión de los adversarios de Carmen, no penetra en el sistema musical imaginado por Bizet, sin que por ello pueda ser colocado como polo de oposición.
 
Su Obra
 
La temprana y hermosa sinfonía en do mayor de Bizet, es prácticamente una copia de la Sinfonía para instrumentos de viento de  Gounod. Pero las melodías pertenecen a Bizet.
 
La sinfonía en do mayor  fue emprendida con diecisiete años. Se convirtió pronto en una obra popular. Está inspirada sobre todo el segundo movimiento en la primera sinfonía de Gounod. Con todo la sinfonía está próxima al estilo de Mendelsshon y a veces recuerda a Schubert. Tiene una arquitectura clásica y aunque en ella no se encuentre ninguna innovación, suena como si no se hubieran escrito centenares de ella anteriormente. Es un milagro de juventud en opinión de Jean Roy. Lo natural de la inspiración, la energía de los ritmos son todo su valor.

SInfonia en Do Mayor. Bizet

 
Su primera  ópera, fue los pescadores de perlas, estrenada en el Teatre lyrique en 1863 y fue tan intensa la atracción ejercida por su música que nunca se eliminó del repertorio. Aun hoy repuesta ocasionalmente. Los Pescadores de Perlas fue una de las muchas óperas contemporáneas que reflejaban la encantadora moda del exotismo. Entre ellas podría incluirse La Africana de Meyerbeer, La Reina de Saba de Gounod, Lakmé de Delibes y Djamileh de Bizet. Los franceses siempre se sintieron fascinados por el exotismo del Oriente. Durante un cuarto de siglo se manifestó un vivo interés por la música exótica de España, y esta tendencia se vio representada en Carmen y explorada por compositores como Chabrier, Debussy y Ravel.
 
Escuchamos fragmentos de los Pescadores de Perlas
 
En cambio la música para escena la Arlesiana (1872) revela ya las características esenciales de Bizet. En ella se refleja ya la inspiración realista y dramática que somete a la orquesta a un tratamiento dinámico y nervioso, lleno de gracia y de originalidad.
 
La primera Suite Arlesiana, está formada por un conjunto de cuatro piezas independientes, cuyos títulos son: “Obertura”, “Minuet”, “Adagietto” y “Carillón”. Originalmente estos cuatros números, junto con muchos otros, fueron compuestos por Bizet para servir de fondo musical a la representación escénica de un drama del escritor francés Alfonso Daudet. El drama de Daudet que inspiró al compositor se desarrolla en una región muy pintoresca del sur de Francia, llamada la Provenza. Allí se encuentra la ciudad de Arles, de cuyo nombre deriva el de La Arlesiana que lleva el referido drama. Para que la música tuviese un poco de color local, Bizet, empleó en su obra algunos aires populares. La claridad de esta música, la sencillez de su forma, la elegancia de su instrumentación son admirables.

La Arlesiana

Cuando estalla la guerra Franco –Prusiana, tanto Bizet como otros compositores franceses van a tomar parte. Durante la guerra, Bizet compone una de sus obras más deliciosas, Les Jeux d´Enfants, para dúo de pianos.
 
El mismo título de la obra explicita su programa: la descripción de una docena de juegos infantiles a través de una amplia gama de recursos musicales. El parámetro rítmico, combinado con un perfil melódico apropiado, desempeñan en esta obra un papel central, ayudando a disparar la imaginación del oyente: el suave balanceo del columpio sugerido por el despliegue pausado de acordes (“L’escarpolette”); el movimiento obstinado casi circular de una peonza (“La toupie”); la melodía sencilla e ingenua de una canción de cuna para una muñeca (“Le poupée”); el galopar vivo de los caballos de madera (“Le chevaux de bois”); los movimiento de vaivén del volador (Le volant”); el aire ligeramente marcial de las trompetas y los redobles de tambor (“Trompette et tambour”); el vuelo ligero e inestable de unas pompas de jabón (“Les bulles de savon”); el correr travieso y espontáneo de unos niños jugando a las cuatro es¬quinas (“Les quatre coins”); el buscar algo atolondrado en la oscuridad de la gallinita ciega (“Colin-Maillard”); un diálogo vivo y animado entre dos personajes locuaces (“Saute- Mouton”); el juego tierno de los niños que se imaginan adul-tos (“Petit mari, petite femme”); y el galope divertido que sirve de conclusión feliz y desenfadada de la obra (“Le bal”).

Jeux d'enfants Op.22
 
En 1872, completó Djamileh. El mismo año compone la música incidental de la Arlesiana, de Daudet y comienza a pensar en Carmen.

Overture
Szene Terzett Je voyais au loin la mer s'entre
Finale Duett Djamileh / Haroun
Duo Haroun Djamileh

 
Su estilo
 
Músico instintivo, de genio espontaneo, se distingue por sus brillantes cualidades como colorista, la riqueza de su armonía y de su instrumentación.
 
Carmen.
 
Después de Fausto, la siguiente gran ópera francesa es Carmen. Bizet, un hombre brillante y dotado que falleció a la edad de treinta siete años, es casi compositor de una sola ópera, ¡Pero que gran opera! De haber vivido más tiempo es muy posible que este hombre hubiera revolucionado la ópera francesa.

Carmen fue pronto reconocida como la obra de un genio y algunos vieron en ella el correctivo contrapuesto a Wagner.
Nietzsche fue uno de ellos y entre sus gustos cuando renegó de Wagner estaban Bizet y Delibes. Definió a Carmen como la auténtica música del porvenir. “Conozco bien la ópera Carmen, decía Nietzsche, es música sin pretensiones de profundidad, pero es deliciosa en su sencillez, tan vivaz, tan desprovista de afectación, tan sincera y tan profunda sin quererlo.”
 
Tras una década (1868-1878) de amistad entre Friedrich Nietzsche y Richard Wagner se produjo un progresivo distanciamiento y, finalmente, una ruptura irreparable entre ellos. A partir de entonces, Nietzsche publicó numerosos textos, muy violentos, contra Wagner y sus obras. En uno de ellos (El caso Wagner, 1888), Nietzsche realizó un gran elogio de la Carmen de Bizet que, pese a estar casi exclusivamente destinado a atacar a Wagner, constituye un excelente análisis de la ópera de Georges Bizet:

«Ayer escuché por vigésima vez  ¿querrán creerlo? la obra maestra de Bizet. ¿Se me permite decir que el sonido orquestal de Bizet es casi el único que todavía soporto? Este otro sonido orquestal que ahora predomina, el wagneriano, es brutal, artificial e “inocente”. Me produce un sudor molesto. Esta música de Bizet, en cambio me parece perfecta. Se va acercando ligera, elástica, sin perder la cortesía. Es amable y no nos llega impregnada de sudor.  Esta música es malvada, refinada, fatalista: no obstante, continúa siendo popular. Es rica. Es precisa. Construye, organiza, consigue una estructura impecable, convirtiéndose en lo contrario de la “melodía infinita”. ¿Han escuchado alguna vez, en escena, acentos trágicos más dolorosos? ¡Y cómo los consigue! ¡Sin muecas! ¡Sin falsificaciones! ¡Sin la mentira del gran estilo! Y finalmente, además, esta música trata al oyente como a una persona inteligente, incluso como a un músico.» La Carmen de Bizet tiene de Mérimée la lógica de la pasión, la línea más corta, la dura necesidad; tiene, sobre todo, como es propio de la zona cálida, la sequedad del aire, la transparencia en el aire. Habla una sensualidad distinta, una sensibilidad distinta, una serenidad distinta. Envidio a Bizet porque ha tenido el valor de manifestar esta sensibilidad que, en la cultivada música de Europa, todavía no tenía hasta el momento lenguaje alguno, esta sensibilidad más meridional, más morena, más tórrida. ¡Ningún sentimentalismo a modo de Senta! Sino el amor como destino, como fatalidad, cínico, inocente, cruel y, precisamente por ello, todo él pura naturaleza!»

 



Estrenada en 1875, fue maltratada por la crítica, que acusaba a Bizet de Wagneriano. Pero Bizet no ha intentado en absoluto hacer música wagneriana, aunque asimila algún procedimiento, un superficial empleo del Leitmotiv. Carmen tardó muy poco en triunfar de manera arrolladora, empujada en Alemania por las poéticas palabras de Nietzsche: “Esta música es refinada y fatal: su refinamiento, el de una raza, no el de un individuo. Vive en ella la lógica de la pasión, la línea recta, la dura necesidad: expresa lo que el amor tiene de implacable, de fatal, de cínico, de cándido y de cruel. El amor cuyo medio es la guerra y cuyo impulso es el odio mortal y la atracción del sexo.”

La Ópera-Comique Francesa no veía con buenos ojos la idea de Carmen. Se decían cosas como estas: “¿Carmen de Merimée? ¿No es cierto que el amante la mata? ¡Y ese fondo de ladrones, gitanos y armadores de cigarros! ¡La Muerte en la escena de la Opera-Cómica! ¡Nunca se ha visto tal cosa!” Pero el director de la Opera-Cómica, Camille du Locle, se había comprometido y Carmen se estrena en la Ópera-Cómica el tres de marzo de 1875. Bizet afirmó, que había sido un fracaso definitivo e irremediable y se enfermó. Pero Carmen no fue un fracaso definitivo ni irremediable aunque tampoco resultó un gran éxito. Pero en el curso de los siguientes, Carmen fue representada en Europa entera. Incluso Wagner se sintió impresionado y decía: “gracias a Dios, al fin tenemos a alguien con ideas en la cabeza”. Tchaikovsky adoraba la ópera y Brahms dijo que estaba dispuesto a ir al fin del mundo para abrazar al autor de Carmen. Wagner, Brahms, y Tchaikovsky tres hombres y tres estilos tan diferentes, admiraban Carmen.
 
El último acto tiene algo de terror y de la inevitabilidad de Don Giovanni. En cierto modo Carmen es una Don Giovanni femenina. Prefiere morir antes que traicionarse y eso la convierte en una figura auténticamente grande. La obra representa una concepción deslumbrante del drama y todavía hoy sorprende. Cuando la gran inspiración de la ópera, el tema del Destino, se expresa en la orquesta, sombría, amenazadora, solo el espectador muy fatigado, no sigue el movimiento de su propia adrenalina.
 
Desde el punto de vista técnico-artístico, la partitura abunda en ideas originales. La orquesta no se limita a apoyar el canto y tiene vida propia. Carmen, expresa pasión, energía y verdad y es infinitamente superior a los entretenimientos cuidadosamente arreglados servidos por Massenet o Gounod. Estos eran profesionales hábiles, pero Bizet era un genio. Buscaba el tipo de honestidad que Moussorsky buscó en Boris Godunov. El arte tenía que reflejar la vida, como ésta se vive realmente y despojada de idealismos.
 
El “color” de Carmen es el de la sangre, pero también el de la juerga ruidosa y hasta soez. Sus personajes apuran el vino hasta las heces, pues (como el trovador del Das Lied von der Erde mahleriano)  son sabedores de la fugacidad, de la oscuridad de esta vida que ellos pretenden, ni más ni menos, vivir como experiencia propia y completa. Ese vino que sirven en la taberna de Lillas Pastia no es metafórico (no es “filtro” o “sugestión erótica”, como el que escancia Isolda en el simbólico brindis de reconciliación.

Esta cita pertenece a:
Para Debussy, Carmen es el momento estival de la ópera francesa, es plenamente francesa porque la expresión amorosa encuentra aquí un nuevo camino, tanto en el grito como en la ternura. La romanza de la flor por mucho aire tradicional que tenga, es ya una romanza francesa cuya lirica no abandona una pastosa sensualidad.  Carmen, la ópera más popular en toda Europa, ha influido decisivamente como modelo de óperas que quieren conciliar realismo y pintoresquismo. En España, concretamente impresiona decisivamente a un músico tan receptivo como Chapí.
 
Una obra maestra inolvidable. Raras veces logra un compositor dar forma simultáneamente a las grandes líneas y al detalle más pequeño. Bizet lo consiguió en esta ópera, y además con un estilo totalmente personal, que no sigue ni a Wagner ni a Verdi, hazaña de la que muy pocos músicos de la época fueron capaces Y sin seguir ni a Verdi ni a Wagner concibe una obra genial a la altura de Tristán, Parsifal, Aida u Otelo. La melodía, la armonía, el ritmo y la instrumentación son igualmente perfectos en belleza y fuerza expresiva.
 
En http://caminodemusica.com/bizet/carmen-de-bizet-segun-georg-solti se recogen  las muy interesantes y recomendables memorias del director de orquesta Sir Georg Solti acerca de Carmen. Este va desgranando recuerdos y opiniones acerca de las grandes obras que formaban parte de su repertorio, y que por ello, le eran conocidas:
 
“Creo que Carmen es una de las más altas cumbres del repertorio operístico. Bizet me parece un compositor lírico fundamental, un verdadero genio de la invención melódica, armónica e instrumental. Murió a los treinta y siete años, después de haber alumbrado una única obra maestra. Su orquestación es tan prodigiosa – podía pintar una escena con brillantez sirviéndose solamente de unos cuantos trazos – que puede decirse mozartiana. El preludio del primer acto empieza con un tremendo golpe de platillo, seguido de la excitación de la escena del gentío, el motivo del toreador, otra vez el colorido de la multitud y el trágico pasaje final. Cuando se abre el acto, antes incluso de que el coro empiece a cantar, la orquesta ya transmite el calor, el polvo, la atmósfera perezosa de una tarde de verano en Andalucía. Es tan prodigiosa la diferencia de carácter entre la habanera y la seguidilla, la belleza nostálgica del dueto de Micaela y José, como la simpleza, la concisión de los medios para combinar la levedad con semejante fatalismo trágico. Toda ‘Carmen’ se representa en menos tiempo que el primer acto de ‘Parsifal’. Ahora entiendo porque Nietzsche escribió que Carmen “se acerca ligera, cortés, vivaz…es amable. Lo bueno es fácil, todo lo divino camina con pies ligeros.”
 
El personaje de Carmen.
 
En cierto sentido, Carmen inició la escuela verista. Incluía personajes contemporáneos tomados del natural y describía la desintegración de su soldado honorable. La propia Carmen es un personaje más sutil más allá de lo que sugieren su aire sensual y caderas ondulantes. Carmen es un ser moral, más que inmoral, porque siempre se muestra honesta consigo misma. Nunca viola su código de conducta. Si no se atiene a los códigos sexuales burgueses, tampoco se muestra promiscua. Pertenece a un solo hombre por vez. Conoce sus cualidades y no vacila en usarlas, pero la atracción sexual no es la parte más importante de su estructura. Una Carmen bien actuada sugerirá el desprecio que ella siente por la mayoría de los hombres y por la humanidad en general.
Carmen, próximo ya ese terrible desenlace de su muerte a manos de Don José, proclama: “Carmen no cederá jamás. Libre nació y libre morirá”. Esta es la esencia del personaje, grandioso como pocos.


Argumento y analisis de Carmen

Fuentes:http://www.hagaselamusica.com/clasica-y-opera/pera/carmen-de-bizet/
Obertura/Preludio
 
El breve preludio nos introduce en el ambiente y en el drama. En éste predominan tres temas, que son siempre de una gran plasticidad. Primero un motivo animado y brillante, soberbio y luminoso como el cielo de Sevilla. Pocas veces se ha compuesto una música más clara. Los compases introductorios de Carmen parecen estar con ambos pies en una plaza de Sevilla abarrotada de una alegre multitud. Nos conducen a otras piezas famosas en La mayor: la vital Séptima Sinfonía de Beethoven, la Sinfonía Italiana de Mendelssohn.
El segundo tema es triunfal y ostentoso: pertenece al torero Escamillo. No es culpa de Bizet que se haya vuelto tan popular, que se haya citado miles de veces y que por ello mismo haya estado en peligro de «gastarse». Nadie que lo oiga una sola vez, bien cantado e interpretado, podrá sustraerse a su majestuosa fuerza.
El tercer tema (y casi se tiene la tentación de hablar aquí de Leitmotiv y no por ello puede acusarse a Bizet de Wagneriano) corresponde a Carmen o, si se quiere, al trágico encadenamiento de los destinos de Carmen y José. Es el motivo de la muerte, que significa el final inevitable de esa pasión. A quien haya visto en Carmen a una mujer frívola o malvada, le bastará este tema para desengañarse.
 
Primer Acto: nos lleva a una plaza en Sevilla. A un lado está la fábrica de tabacos en que trabaja Carmen; en el otro hay un puesto de guardia. Un grupo de soldados se encuentra frente al puesto y contempla a los transeúntes. Una joven vestida de aldeana se acerca a ellos y pregunta al sargento Morales por don José. Aparecerá pronto, con el cambio de guardia; tal es la galante respuesta, a la que los dragones añaden la invitación de que se quede en su compañía. Pero Micaela se retira de inmediato. Un grupo de niños marcha por el lugar, imitando a los soldados y entonando a coro una encantadora canción. Don José se acerca con la nueva guardia y se entera de la visita de la joven por sus compañeros. La joven sólo puede ser Micaela, su compañera de juegos de la niñez, la fiel amiga de las montañas. Pero toda la atención se centra en Carmen, que sale a escena, después del descanso de las cigarreras (La Cloche a sonné) con su provocativa belleza física y consciente del poder que ejerce sobre los hombres. La canción que canta (Habanera) al salir a escena puede considerarse un verdadero retrato de carácter. Pero ¡cuánto ha hecho Bizet con esta sencilla melodía! Una descripción de un carácter y una escena cargada de dramatismo. Carmen canta para llamar la atención del único hombre al que no mira: José. Y cuando termina la canción y todos la rodean, arroja una flor a la cara del sargento, al que todavía no mira. Todos prorrumpen en carcajadas; sólo la orquesta no toma parte en la diversión: el motivo del destino suena sombrío; la muerte próxima se anuncia. ¡Un instante genial!
 
José, sumido en sus pensamientos, contempla la flor. Entonces aparece Micaela, la fiel amiga de su aldea de las montañas. Micaela ahuyenta los pensamientos de José: le trae una carta de su madre, un tierno y cariñoso saludo. La pureza de Micaela hace que la imagen sensual de la gitana se desvanezca. Las luminosas alturas de la tierra natal, el valle silencioso y la imagen de la madre aparecen ante José.

Pero un tumulto y unos gritos lo interrumpen. En la fábrica se ha desatado una pelea entre las mujeres y Carmen ha herido a otra obrera. El oficial envía a José a detener a la agresora. Cuando la llevan ante Zúñiga, responde a todas las preguntas con una canción sin palabras, seductora y desvergonzada. ( Tralara Tralara..Je garde mon secret)  Don José no puede sustraerse a la impresión que le produce la gitana. Cuando Carmen se queda sola con él ante el puesto de guardia, remata su obra con una seguidilla, (Pres de Rampart de Seville )  una rápida canción popular del sur de España, en la que promete a su amado placeres sin límite. José lucha desesperadamente consigo mismo, pero sucumbe a la tentación. Cuando el oficial regresa con la orden de detención, José ya ha tomado la decisión de dejar huir a Carmen. La consecuencia es su propia detención, su encierro durante dos meses, su degradación a simple soldado.
Tra la la la....Près de remparts de Sevillè
Pres de Rampart de seville séguédille Carmen

Acto Segundo. El preludio del acto segundo, significativo como los cuatro preludios de la ópera, contiene la canción popular española de los «dragones de Alcalá» (que más tarde cantará don José al hacer su aparición). Nos encontramos ahora en la sospechosa taberna de contrabandistas de un tal Lilla Pastia, del que Carmen contó cosas muy interesantes en su seguidilla. Carmen canta aquí la Canción gitana, que comienza con las palabras: “Las varillas de los sistros resonaban con un sonido metálico” (Les tringles des sistres tintaient). En un prodigioso movimiento acelerando y crescendo, la música crece desde el aire lascivo hasta un estallido orgiástico. Carmen rechaza a los hombres que la desean. Piensa en el soldado que arriesgó su libertad por ella.

Les tringles des sistres
Se produce un tumulto de júbilo: el famoso torero Escamillo entra en la taberna. Responde al brindis de bienvenida con su conocida aria, que describe una corrida de toros y a la que ya hemos aludido más arriba. (Marcha del Torero). También Escamillo siente la fuerte personalidad de Carmen; sin embargo, la gitana no le da esperanzas, a pesar de la visible aprobación que encuentra en él. El torero sale entre vítores, acompañado de muchos parroquianos. Por último
quedan los contrabandistas, que hacen nuevos planes.

Marcha del torero.

A lo lejos suena una canción. Carmen reconoce la voz: es José. Alegremente se prepara para recibirlo. Le dará la bienvenida con canciones y danzas. El sonido de las trompetas del lejano cuartel se combina con su canción, formando un emocionante contrapunto. José está serio, intranquilo. Carmen al principio no puede comprenderlo: ¡las trompetas significan revista! ¡Y revista significa expulsión! ¿Acaso su soldado no está allí? ¿No ha llegado para ser feliz con ella? ¿Acaso ella no quiere hacerle olvidar todos los sufrimientos de las semanas de calabozo? Sin embargo, José se levanta y se prepara para irse. La alegría de Carmen se transforma en furia; su amor sufre el primer desgarramiento, que no se curará jamás. Se burla de él, con ardor y pasión, del mismo modo que un momento antes lo amaba. Desesperado, José se arroja a sus pies. «La flor que tu m'avais jetee...»; así comienza la famosa escena conocida en todas partes como «aria de la flor», que se ha convertido en una de las piezas más conmovedoras de la literatura operística.
Es una ardiente confesión de amor, un grito de deseo, después de los grises días de calabozo en los que sólo irradiaba luz la flor que Carmen le había arrojado al principio. El final (admirable desde el punto de vista armónico) se convierte en un sollozo ahogado; y en un epílogo de conmovedora belleza. Sin embargo, Carmen no se conforma con palabras. Si José la ama, debe demostrarlo: debe abandonarlo todo para compartir con ella la vida libre de los contrabandistas ( Aria Non tu ne m´aimes pas.. Oui! Là-bas, là-bas dans la montagne!) José entabla una dura lucha interior. Desde fuera le imponen una decisión. Su oficial regresa inesperadamente a la taberna; después de cambiar unas palabras, ambos empuñan las armas. Los contrabandistas los separan, pero José ya no puede volver al cuartel, a su vida anterior. La amplia línea melódica de la «libertad» que promete Carmen suena grandiosa y tentadora.

Acto Tercero. Un nuevo interludio, el más bello de todos, introduce el acto tercero. Una flauta y un arpa elogian la dulzura de la noche de verano en las montañas andaluzas. Los contrabandistas llegan a su refugio situado entre montañas inaccesibles. La canción que cantan a coro por el camino es de una polifonía magistral ( Écoute, compagnon, écoute! ). Carmen se dirige al lugar donde Frasquita y Mercedes, entre risas y bromas, leen su destino en las cartas. Carmen también coge las cartas, pero cada vez que las mezcla le predicen la inminencia de la muerte. ( Aria de las cartas Carreau! Pique! La mort!). Es la dramática escena en que Carmen lee las cartas de su destino. Precisamente este tema se escucha al empezar la secuencia, que en la voz se sitúa sobre los registros grave y central (comienza en do-si graves). La sombría armonización de los metales, en su registro más bajo establece una atmósfera opresiva, que sólo parecerá desvanecerse en la modulación a fa mayor, aun cuando en ésta se haga terrible revelación el destino final de Carmen: “la muerte, siempre la muerte”.

Acto III Interludio - Ecoute, compagnon
Aria de las cartas Carreau! Pique! La mort!

Escamillo penetra, impulsado por el deseo de Carmen, en el campamento abandonado, José lo descubre y casi lo mata de un tiro. Un breve diálogo aclara la situación entre los dos hombres. El ex soldado, que por amor a Carmen abandonó el ejército, y que ahora está a punto de perder ese amor (es lo que se comenta y así ha llegado a oídos del torero), se encuentra frente a Escamillo, un hombre acostumbrado a vencer.  Los dos rivales se traban en un duelo a muerte con puñales. Sólo la intervención de Carmen salva a Escamillo. Su permanencia en el lugar no se prolonga más tiempo, y dirigiendo ardorosas miradas a Carmen, a las que ésta responde, le hace una significativa invitación a su próxima corrida de toros, que se celebrará en Sevilla.

Acto Cuarto.  El preludio del último acto está lleno de vida y resplandor. Es una imagen de España en un brillante día de fiesta, con sus bailes y canciones. Delante de la plaza de toros aparecen hombres vestidos con ropas multicolores. Por último, saludado por gritos de júbilo y admiración y con el resplandeciente traje de torero, entra en escena Escamillo, el ídolo de la multitud; de su brazo llega Carmen, más espléndida, más bella y más llena de amor que nunca. (Coros Les voici, les voici la quadrille!  Entrada de las cuadrillas y de Escamillo)
Preludio- A deux cuartos...Les voici,la quadrille...Si tu m´aimes,Carmen...

Carmen se queda frente a la entrada, en parte porque es una antiquísima tradición que la compañera del torero no esté presente en la faena, y en parte porque no teme a José, de cuya presencia ha sido advertida. Quiere esperarlo para aclarar su nueva situación. Asistimos al tremendo dúo final. José se presenta ante ella; su aspecto despierta más compasión que miedo; se ha debilitado, está perdido, atormentado, desesperado. Con un último resto de pasión ruega a su amada que regrese de nuevo con él para comenzar una nueva vida. Carmen se niega. Es una lucha desigual entre este hombre destrozado por la vida y la mujer resplandeciente que arde en el fuego del amor; sólo a medias oye la desdichada súplica de José; toda su alma está concentrada en el otro, en la plaza de toros, de la que se oyen los gritos, las exclamaciones de entusiasmo de la multitud. ¡Qué escena! El teatro más desnudo y más brutal, creado por una mano maestra. Desde la orquesta asciende el motivo del destino, de la muerte, que se mezcla con la canción triunfal de la masa. Carmen se levanta y recibe en el corazón la puñalada mortal de José. La corriente humana que sale del ruedo se encuentra con un hombre destruido, aniquilado, que se ha desplomado sobre el cadáver de su única amada.