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lunes, 30 de marzo de 2015

Max Reger, un gran desconocido. Dos cantos de cisne del romanticismo: Max Bruch y Hans Pfitzner

Aspectos de la vida y el hombre


Max Reger (1873 - 1916), nacido en Baviera en 1873, fue educado musicalmente en el amor a los antepasados y fue un niño prodigio.

En su tiempo Reger fue muy conocido.  Su música gozó de amplio favor en Alemania durante la década que siguió a su muerte. Reger no carecía de defensores: Arnold Schoenberg apreciaba mucho su música y el director Fritz Busch incluia con frecuencia sus obras en el repertorio.  Para Arnold Schoenberg: “Reger es signo del mayor interés. Personalmente, creo que es un genio”. 

Después su música fue abandonada y ha permanecido en esa condición. Hoy se desconoce casi por completo su figura y su música casi no se ejecuta.
Para la mayoría de los músicos actuales, Reger, que fue uno de los pocos partidarios de Brahms pero representa todo lo que está mal y es vulgar en el postromanticismo. 

A juicio de la mayoría de los críticos de la segunda mitad del siglo XX, Reger es un monstruo, un compositor de partituras ostentosas y fugas vacías. Mientras Mahler y Bruckner son considerados como protagonistas de un tremendo renacimiento musical en la música alemana, Reger es ignorado, excepto cuando se trata de incluirlo entre los diez compositores más detestados.

Reger fue el compositor alemán que en actitud desafiante miró hacia atrás más que hacia delante y fue la figura principal del movimiento de “Retorno a Bach”.  

Se convirtió  en un hombre aparatoso y expresivo. Reger era un hombre valeroso y una figura pendenciera, que no vacilaba en decir lo que pensaba.  En una ocasión leyendo una crítica de sus obras contestó del siguiente modo: “Estimado señor: Estoy sentado en la habitación más pequeña de mi casa. Tengo ante los ojos su crítica. En poco tiempo más la tendré detrás de mí.” 

También fue una interesante faceta de Reger, su actuación como profesor de composición del Conservatorio de Leipzig.

Para Reger, Bach fue siempre el comienzo y el final del toda la música. Su admiración por Brahms, su más próximo modelo lo es  por razones idénticas.
Desde el retorno a Bach, embistió contra la pervertida “basura de los wagnerianos” y la “straussomania.” Si la mayoría de los compositores alemanes contemporáneos siguieron la línea que se origina en Berlioz y pasaba por Liszt y Wagner, el linaje de Reger comenzaba con Bach y pasaba por Beethoven, Mendelssohn y Brahms.

Reger, por convicción personal, tuvo que luchar contra las corrientes del postromanticismo de la que el mismo no siempre lograba escapar: armonía sobrecargada, efectos y excesos de retórica. Por ello no es difícil ver en Max Reger como se juntan las conquistas cromáticas del wagnerismo y la ambición formal heredada de Brahms. 

Max Reger resulta una figura conservadora de hombre del pasado, incluso integrista: su formación, su música, estuvieron dominados por el espíritu de la polifonía clásica, aunque hubo una época en que se apasionó por Wagner y Debussy.

La crítica más acerba que se le ha hecho viene de Heinrich Strobel: “Su música aspira a un aspecto y un equilibrio clásicos y es al mismo tiempo desmesurada; tiende hacia el orden aportando tan solo la confusión.”

Pero con todo lo que se pueda criticar a Reger,  no por ello su obra deja de constituir una etapa importante de finales de siglo XIX, pues asegura la transición en Alemania entre los últimos románticos y Hindemith, que fue su alumno. 

Existen partidarios de Reger, que con  fundamentos, revitalizan esta figura olvidada; como Claude Rostand, para el que Max Reger, de personalidad menos inventiva, que Mahler o Strauss,  es un maestro que suscita la mayor estima. Su principal mérito consiste en haber resucitado en una época difícil e incierta en la que todos los excesos eran de temer, la herencia de la polifonía preclásica: Es curioso “El retorno a Bach” en el desenfreno de fin de siglo. Reger no tiene nada de epigonal sino que es un artista original e inspirado. Reger prolonga y acentúa la vertiente clásica de Brahms; casi no hay en él rastro de romanticismo; en cambio se encuentra una magnifica artesanía que contribuirá a la evolución del lenguaje. En sus canones, fugas, corales, variaciones y sonatas, en apariencia inocentemente clásicos, desarrolla bajo el emblema de Bach, las consecuencias del cromatismo wagneriano y crea una especia de pancromatismo que anuncia la próxima disolución de la tonalidad.

Reger tuvo una suerte de clarividencia del método serial; pero evita la repetición de las mismas notas y utiliza a veces series de 9, 10 y hasta 11 sonidos. 

Se mantuvo apartado de los tumultos de la época, de toda literatura de vanguardia, pero no deja por ello de ser, uno de los artesanos más eficaces de la nueva era.

Su estética y estilo

Reger,  escribió fugas y, como Bruckner partió del órgano, aunque a diferencia de aquél, volvió una y otra vez a ese instrumento. Pese a todo, Reger incitó a los compositores a aceptar las innovaciones y afirmó que en su creación se situaba deliberadamente a la izquierda, o sea, entre los revolucionarios. Pero Reger es precisamente quien sigue la tendencia académica, que parte de Beethoven y pasa por Brahms. Reger sabe pensar sólo a base de contrapunto y formas tradicionales. Le atraen especialmente las variaciones, que escribe sobre temas de Mozart, Hiller, Bach y Beethoven, logrando dentro de este género sus mejores creaciones. El gusto por las variaciones recibe así un nuevo impulso.

Pero veremos que este organista tan amante del contrapunto no puede desoír la voz del impresionismo. Reger no sueña con el paso de las nubes, sino que escribe música para piano, sonatas, música de cámara y melodías sencillas; pero sus armonías parecen un cristal opalino sin color concreto, que a cada instante ofrece un nuevo resplandor. Reger parte siempre de una tonalidad y vuelve a ella,  aunque desde el principio hasta el fin anda vagando por innumerables senderos armónicos laterales. La contigüidad de dos acordes distintos e irreconciliables, que en Wagner aparecen excepcionalmente, y que Strauss se atrevió a utilizar cada vez con mayor frecuencia, se convierte en Reger casi en una norma.

A pesar de que escribe música netamente tonal, da mucha menor importancia a la función interna de la tonalidad. Mientras Strauss, en sus momentos de mayor emoción, no conoce nada más bello como pasar de la tónica a la dominante para luego volver con ingenua felicidad a la tónica y  entregarse con delicias a ese experimento armónico de todos los tiempos, Reger se lanza por vericuetos armónicos jamás utilizados hasta entonces.

En Max Reger perduran las más sanas fuerzas tradicionales y, sin embargo, se ve arrastrado por la inquietud y el anhelo de renovación. Por un lado, parece macizo como una construcción arquitectónica, por otra, todo él arde en nerviosa exaltación. Se lanza a la vida sin gozar de un solo momento de reposo; compone y toca como un endemoniado; siente un gran fervor religioso y es al mismo tiempo es un cínico truhan. Sus manos carnosas arrancan al piano unos sonidos de mágico perfume, e inmediatamente se apresuran a agarrar el vaso para adormecer, aunque solo sea por unos momentos, sus excitados sentidos. Recordemos que Reger bebía en exceso.

En ciertas ocasiones, Reger llega muy cerca del impresionismo, en su Böcklin – Suite opus 128, casi al final de su fecunda creación que le lleva a cultivar todos los géneros excepto la ópera. Los cuatro cuadros de Arnold Böcklin le inspiran cuatro tiempos, en los que trata de fijar las impresiones pictóricas por medio de sonidos. En ellos se manifiesta la influencia de los Cuadros de una Exposición de Mussorgsky, y de Preludio a la Siesta de un Fauno, de Debussy.

Su órgano es un órgano extralitúrgico, de concierto, que hace referencias a esplendidas obras.

Las variaciones orquestales sobre un tema de Mozart y de Hiller son variaciones esplendidas como interioridad y virtuosismo.

Si Brahms componía una serie de variaciones orquestales sobre un tema de Haydn, manteniendo todo el material directo y lirico, Reger no vacilaba en tomar el tema inicial de la sonata para piano en la mayor de Mozart y en someterla a una serie de variaciones que culminaban en una fuga colosal. La idea era análoga a la de Brahms, pero la ejecución sufría de gigantismo.
Fueron las obras del tipo Variaciones Mozart, si bien para muchos su mejor obra junto a las Variaciones Hiller, las que desprestigiaron a Reger, y la mayoría de los músicos las consideran en la actualidad la expresión más íntima del mal gusto. ¡Los hermosos y elegantes temas de Mozart tratados con la ayuda de formas complejas y pesadas! ¡Recargadas con armonías tan farragosas, de colores tan inadecuados!

Pero las Variaciones Mozart, de ningún modo son típicas de la obra de Reger. Esta partitura representa un solo aspecto de su producción. 

Tenemos por contra, que una parte considerable de su música aparece desprovista de contrapunto. Su música de cámara, de la cual el Quinteto para clarinete constituye un ejemplo representativo, no es más que Brahms con un sesgo extremadamente cromático. Su concierto para piano en fa menor, es una obra maciza que por la magnitud y la sonoridad, supera para algunos el concierto en si bemol de Brahms; esto no significa que Reger fuera un simple imitador de Brahms. Hallamos otro aspecto de Reger en las sonatas para violín sin acompañamiento.
Este compositor, que está relacionado en la mente de muchos músicos solo con la fuga y las partituras orquestales sobrecargadas, creó un conjunto de minúsculas sonatas, ninguna de las cuales dura mucho más de cinco minutos, que se distinguen por su encanto y delicadeza.

Sus canciones y piezas para piano, si bien aquí reflejan el periodo, son elegantes y a menudo bellas.

Reger no posee la originalidad necesaria para ser uno de los grandes maestros, pero su oficio seguro y si su sincero caudal de melodías hubiera debido impedir que su música cayese tan bajo en el aprecio de los profesionales.

Quizás Reger no fue un revolucionario en su tiempo, pues le tocó coexistir con los impresionistas, Stravinski y la Escuela de Viena. Sin embargo, dominó de forma magistral las formas clásicas, la armonía y el contrapunto, siendo también un excepcional músico de órgano. Quizás pueda considerársele el último autor de la gran tradición germana desarrollada a partir del clasicismo.
Hoy Reger es considerado por muchos como un compositor en exceso escolástico y conservador, una suerte de artesano neobarroco trasplantado a las postrimerías del Romanticismo.  Su inmoderada afición por el alcohol, acaso enturbiara su capacidad final para poner cierto coto autocrítico a una fecundidad desmedida.  El paradójico y complejo Max Reger continúa siendo una figura difícil de clasificar.

Su obra
 
El catálogo de su obra es abundante y desigual. Reger abordó todos los géneros, excepto el teatro. 
 
Obras orquestales

La producción sinfónica de Max Reger es sin lugar a dudas junto a su obra para órgano, la más conocida del compositor y también la más estudiada. Sus obras más populares obra con independencia de la mejor o peor  valoración que de ella hacen sus estudiosos, son las Variaciones Hiller y las Variaciones Mozart.

Variación y fuga sobre un alegre tema de Hiller (opus 100)

Es una obra donde encontramos al verdadero Reger, con su propio genio, el del lenguaje polifónico vivificado por una voluntad de organización que se volvía hacia los maestros de esta materia, en primer lugar Bach. Reger toma como pretexto un tema de Adam Hiller (1728-1804), reputado pedagogo de su época. 
 
El tema, es un andantino grazioso, presentado por los instrumentos de madera con una ingenuidad y seguido por la orquesta. Va seguido de once variaciones que concluyen con una doble fuga. La orquesta toca muy sutilmente y con una textura cerrada, superponiendo dos formaciones, una de intensidad normal, la otra tocando con sordina. Las variaciones ilustran, por eso mismo, dos tendencias fundamentales, una agitada y sin dirección definida, la otra tranquila y más afirmativa. La doble fuga conclusiva combina estos dos elementos: un segundo tema cromatizado se superpone vigorosamente en ella al tema inicial. El clima de toda la obra es desenfadado y alegre.

Variaciones y fuga sobre un tema de Mozart (opus 132)
 
La obra es de 1914, siete años posterior a las Hiller. En esa época Max Reger, posee entonces la perfecta maestría de las técnicas tradicionales de composición: la de la variación, su molde y tipo de escritura preferida. 
 
El tema elegido, maravillosamente sencillo, de infinita ternura, ha sido extraído de la Sonata para piano en la mayor K 331. El tema es un andante grazioso. Reger lo expone íntegramente en una apropiada instrumentación de cámara, que reparte entre la madera y la cuerda. Se suceden ocho variaciones diferentes. Parece un poco injusto denunciar, como se hace a veces, cierta neutralidad de la obra que, por poco mozartiana que se vuelva, conserva de uno a otro extremo una fuerza y un encanto original al que se añade el toque Max Reger, con acentos de pasión muy personales.

Es una obra polémica y que disgusta a muchos oyentes y críticos por entender que añade al genio tan puro de Mozart  los excesos de Max de Reger.
 
Sinfonietta opus 90
 
Se trata de la única y pequeña sinfonía que compuso y data de 1904. Tiene cuatro movimientos, de los cuales el tercero, el más notable,  (Larghetto), es de un lirismo intensamente melancólico. En conjunto los temas crecen, melódicos y modulantes, afirmando un intenso cromatismo. La sinfonietta, obra de un joven de talento, constata Riemann, está lejos de tener el interés de la sinfonía de cámara op 9 de Schoenberg, sensiblemente contemporánea.
 
Serenata en sol mayor opus 95 
 
Menos ambiciosa que la Sinfonietta, ofrece también atractivos más espontáneos que vinculan la obra a la tradición preclásica de las serenatas y divertimentos, revisitadas por Brahms y de las que Reger no se aleja mucho aquí.
 
Concierto en antiguo estilo opus 123
 
Está fechado en 1912 y toma la forma del concerto grosso. Reger va a tomar aquí los modelos de los conciertos de Brandeburgo de su venerado Bach. Un pequeño grupo de instrumentos solistas cumple la función de concertino, y el estilo, deliberadamente se colorea con la pátina del tiempo. Tiene tres movimientos, como la estructura de la obertura italiana. El largo, es uno de los movimientos más bellos de Reger.
 
Suite romántica opus 125 
 
También data de 1912. Quizá sea la única partitura de Reger influida por el expresionismo postromántico, cosa que el titulo sugiere imperfectamente. Sin embargo, la preocupación rigurosa por la construcción temática (cíclica) domina, atenuada solamente por un sentimiento poético que inspiran los versos de Einchendorff, colocados como exegesis de los tres movimientos de este poema sinfónico. Los movimientos son, Notturno; Scherzo, construido sobre un ritmo de vals descolorido (como Mahler pero insulso y sin sus rechinamientos); y Fínale, como movimiento más desarrollado.
 
Cuatro poemas sinfónicos según pinturas de Böcklin opus 128 ( 1913)
 
Puede sorprender en un compositor como Max Reger, compositor de música absoluta por definición, que su intención fuera componer música de programa. Pero el hecho, es que Reger utiliza aquí una construcción y un colorido instrumentales voluntariamente diferentes de un movimiento a otro. En esta obra, Reger se inspira en cuadros del pintor Alfred Böcklin, que un lirismo a menudo atormentado y dramático, da la dimensión verdadera de los frescos. Veamos estos poemas.
 
Der Geigende Eremit (El eremita que tocaba el violín). La preeminencia es para el violín solo, el violín del eremita que toca para los ángeles. La cuerda en dos grupos, uno con sordina, preludian un aire antiguo en forma de coral. Los instrumentos de viento expresan un lirismo más extrovertido.
 
Im Spiel der Wellen (En el juego de la olas.) Olas espumosas y centelleantes, nos sugiere una orquesta imprevista y liberada de toda preocupación  temática.
 
Die Toteninsel (La isla de los muertos.) Si nos arriesgamos a hacer una comparación con el poema sinfónico de Rachmaninov del mismo título, que también se inspiró en Böcklin, parece que las preferencias del oyente no irán hacia el músico alemán. Sobre extrañas y pesadas armonías, el canto del dolor de los muertos se expresa por medio del oboe y del corno inglés. La unánime queja se convierte en un grito desgarrador, salvaje y suplicante, con toda la orquesta que se desencadena. En vano toda esperanza de resurrección se disipa.
 
Bacchanal. Es el movimiento más débil de toda la partitura a pesar de que Reger moviliza todos los recursos de su oficio, rítmicos, armónicos y contrapuntísticos. Nada sirve: la orquesta pesada, metálica, suntuosa, de un vigor rítmico casi atlético no llega a crear la orgia sonora esperada.
 
La obra es desigual y tiene un débil renombre fuera de Alemania, donde aún conserva cierto prestigio. 
 
Suite de Ballet para orquesta opus 130
 
Obra ligera, que Reger quería que fuera graciosa, de una instrumentación delicada para satisfacer a los paladares más exquisitos. Cada una de las seis piezas que la componen ilustran una escena del ballet-pantomima. La primera pieza en es una Entrada sobre un ritmo de marcha festiva. El Adagietto que sigue, se consagra a la evocación de la amable Colombina, mientras que en el Vivace de la tercera pieza aparece un Arlequín tumultuoso. En la cuarta pieza (Larguetto), Pierrot y Pierret se hacen confidencias en medio de los intercambios instrumentales de la más fina textura. Un vals de amor, el quinto movimiento nos transmite  una sala de baile a la manera de Johann Strauss. La fiesta acaba con un Presto-Finale chispeante, que no parece salido de la pluma de Reger.
 
Debemos mencionar otras partituras orquestales que casi han desaparecido de las salas de concierto: El prólogo sinfónico para una tragedia opus 108, obra de espíritu un poco Schumanniano que merecería ser rehabilitada. Una obertura para una comedia (opus 120) y una obertura patriótica opus 140.
 
La musica concertante de Max Reger

En el terreno de la música concertante , además del concierto para piano al que ya nos hemos referido, Max Reger escribe el Concierto para Violín opus 101 , que fue calificado en su primera audición como un atentado contra el violín.
 
Reger veía este concierto como parte de una tradición heredada. Confesaba que su opinión podía ser arrogante al considerar su concierto para violín como digno continuador de la tradición que empieza en Beethoven y termina en Brahms. 
Es una obra que suscita poco entusiasmo, a lo que contribuye su larga duración y la complejidad en la armonía y el contrapunto. Reger da a su concierto una dimensión demasiado sinfónica evitando el protagonismo del solista. 
 

El órgano de Max Reger
 
Entre su obra, se cuentan un inmenso caudal de piezas para órgano que es la parte más ejecutada. No hay en su música nada débil, simple o sentimental. Es una música regia, sobria, poco atractiva y siempre modulante. Mucha de su música es contrapuntística y sus colosales fugas precisan una capacidad técnica asombrosa. Atraído para la forma fugada durante toda su vida, declaró: "Otros componen Fugas, yo vivo en ellas".
 
Los organistas consideran con simpatía la enorme obra de Reger, que enlaza el tratamiento  bachiano con la sonoridad postromántica.
 
La fantasía y fuga opus 57, fue un estrepitoso fracaso y Reger decía que se había inspirado en el Infierno de Dante, por eso el sobrenombre de “infierno”.
 

El Piano de Reger
 
El concertista Tito García González, se pronuncia de este modo acerca del modo de ejecución del piano de Reger: “Max Reger era un músico ambicioso, por lo que fue un trabajador incansable. Quería con sus obras superar a Brahms, y convertirse en el compositor más famoso de su país; su legado es vastísimo. Tuvo problemas con el alcohol y muchas de sus obras fueron compuestas en estado de embriaguez, por lo que alcanzan, a veces, límites inhumanos en la ejecución.”
 
“No olvidemos que los alcohólicos no se caracterizan precisamente por poseer el sentido de la lógica. Hay que alcanzar un estado intermedio y entender a Reger desde el punto de vista de la mesura y de orden en las ideas.”
 
“¿Por qué la figura de Reger en este siglo no ha tenido la merecida consideración en la literatura para piano? Quizá porque Reger no fue un brillante pianista como pudo ser Brahms, en cierta medida su ídolo, compositor que, junto a Chopin, Liszt y Debussy han eclipsado desgraciadamente la figura de Reger en la obra para piano. Para interpretar música de Reger, es imprescindible poseer el sentido de la improvisación; ni siquiera el mismo Reger era capaz de interpretar correctamente sus propias obras para piano.”
 
“¿Qué ocurre con las grandes obras para piano de Reger, las "Variaciones sobre un tema de Bach", o las "Variaciones sobre un tema de Telemann". ¿Por qué se hacen transcripciones para piano de obras orquestales, en mi opinión, una falta de respeto al compositor, cuando existen maravillosas obras compuestas para piano, que por sí mismas tienen una calidad inmejorable?”
 
Reger gran maestro de la variación compone las Variaciones y fuga sobre un tema de Bach, Op.81 y Variaciones Telemann opus 134

Las Variaciones sobre un tema de Bach, es una de las obras maestras para piano de Reger, no obstante ser una obra extremadamente difícil. Estas variaciones son una combinación de la época barroca, del virtuosismo de Liszt y de la armonía romántica.

Las variaciones Telemann son más decorativas, y como resultado están mucho más cerca del concepto barroco de la variación. Las Variaciones Telemann siguen el camino de la gran variación de las Goldberg de Bach, Diabelli de Beethoven, y especialmente de las Haendel de Brahms, con las que tienen mucho parecido. 
Son también menos cromáticas que las  variaciones Bach y tienen un estilo más ligero, más puro y transparente que aquellas. Curiosamente, tanto el tema original y como el conjunto de variaciones representan el trabajo de dos compositores muy prolíficos nacidos casi con dos siglos de diferencia. El tema en si , está tomado de la suite Tafelmusil de Telemann. 

Las cinco Humorescas  son muy hermosas y en ellas  se puede sentir la inspiración de Brahms. Sigue los pasos inaugurados por Schumann. En ellas, Reger da rienda suelta a su espíritu de buen humor. La escritura pianística es imaginativa, brillante y  rica armónicamente.

Son aislados los casos en que un pianista interpreta sus “Siete piezas de carácter” op 32, sus Cinco Humorescas opus 20,  o sus Träume am Kamin (sueños en el hogar opus 143) porque las dificultades técnicas de estas obras parecen estar en relación inversa a su efecto. 

Sus Träume am Kamin (Sueños en el hogar o Sueños en la chimenea) está compuesta en 1915,  un año antes de morir. Es un ciclo de 12 piezas cortas, muy acogedor; Reger abandona en este ciclo su afición por lo gigante y complejo. Muchas de estas piezas rozan el impresionismo y anuncian el piano de Schoenberg. 

Mucho más fáciles son los Cuatro cuadernos De mi Diario (Aus meinem Tagebuch opus 82) y  las cuatro Sonatinas opus 89 
Los Cuatro Cuadernos opus 82, son como gran parte de las obras de Reger, evocación y reminiscencias de Brahms pero sin la brillantez de éste. No falta la riqueza armónica a veces cercana a Wagner.

Las Sonatinas opus 89, son una notable excepción en  la escritura pianística de este autor, siempre difícil y densa.  Las Sonatinas son ligeras y transparentes pero también de difícil ejecución.

Las Seis Piezas opus 24, son seis obras preciosas; son una muestra del Reger más asequible y melodioso, a veces inspirado por Chopin , otras por Mendelssohn.

Las ocho improvisaciones op 18, es un gran trabajo, en ocasiones evocador. Nada hay de banal en este trabajo a pesar del título. Una música excelente para piano, a veces difícil de ejecutar pero que no se presta a interpretaciones virtuosistas.

Los 6 intermezzi opus 45

Escuchamos ahora una de sus Piezas-Fantasia opus 26

Reger, compuso también obras para dos pianos y múltiples obras a cuatro manos  desde los Valses-Caprichos Op. 12 (1892) o las dos Burlescas Op. 58,  mostrándonos en  las  restantes obras a 4 manos, su rincón más tierno y divertido.

Para dos pianos escribe las Variaciones sobre un tema de Beethoven opus 86 y las Variaciones sobre un tema de Mozart opus 132 en arreglo para dos pianos. Ya nos detuvimos en la versión orquestal de las Variaciones Mozart.

De sus obras a cuatro manos destacamos estas 6 piezas  opus 94

Concierto para piano en fa menor opus 114

Una de las composiciones más logradas de Reger, es su Concierto para piano en Fa menor, obra indudablemente concebida siguiendo la estela de los dos conciertos para este instrumento de Brahms.
 
Al igual que el Concierto en Re menor de Brahms, esta obra de Reger es una extensa partitura, dividida en tres movimientos. El primer tiempo es tempestuoso, mientras que el segundo tiene un carácter elegíaco y el tercero, posee destellos de una furiosa exuberancia, y en él se produce la plena integración del piano dentro del tejido orquestal. Aunque el ambiente general de la obra, la naturaleza de sus temas y sus tupidas texturas recuerdan inevitablemente a Brahms, el lenguaje cromático se revela mucho más moderno que el de éste, acorde a la fecha en la que la obra fue escrita, en 1910.
La terrible introducción orquestal de ese allegro moderato inicial es un buen ejemplo del perfecto juego de equilibrios que maneja Reger, moviéndose entre el nervio brahmsiano y el cromatismo de Wagner.

La obra no tiene la inmediatez de los esplendidos conciertos de Liszt, ni de Brahms o de Rachmanninov, y es de carácter más grave pero es una de las obras maestras de Reger. El solista ha de tener un poder especial, una habilidad técnica para interpretarlo con lucidez y pasión.



La obra de Reger para coro y orquesta.
 
En su producción para coro, solista y orquesta, encontramos La canción de los bienaventurados (Gesang der Verklärten, Op. 71) que fue considerada por muchos como lo más original y atrevido que se ha hecho en música, pero también complicada, rígida y áspera. 

Las Canciones para solista y orquesta que vamos a escuchar, son ya de la etapa madura. Ninguna concesión a la galería. Son obras de un estilo sobrio, áspero y difícil de comprender. Posiblemente necesitan más de una audición. Las armonías fluctúan, la tonalidad muchas veces se quiebra y un clima de desasosiego las recorre.  Obras muy desconocidas, son un magnifico puente entre la música del postromanticismo y la música contemporánea. Al igual que sus contemporáneos, Strauss, Mahler, y Wolf, Reger responde profundamente y con imaginación a la tradición poética alemana.
 
La Consagración de la Noche (Die Weihe der Nacht opus 119) para contralto, coro y orquesta.  
 
La impresión que nos da la música de esta obra se asemeja a la evocación musical del  “amanecer” de la Sinfonía Alpina de Richard Strauss. La inquietud del estilo compositivo de Reger se adecua muy bien al poema que nos ocupa. Die Nacht der Weihe, puede ser visto como una incursión de Reger en el ámbito de la música  de programa, que culminaría dos años después con sus conocidos cuatro poemas sobre pinturas de Arnold Böcklin, Op. 128. Como es típico en Reger, la melodía es muy cromática y las armonías pronto se pierden en la ambigüedad.
 

An die Hoffnung opus 124  (En la Esperanza), está escrita para contralto y orquesta. Sobre un poema de Holdërling, es de estilo suntuoso y resulta una música triste para ser un canto en la esperanza.
 
Réquiem opus 114b, es una obra escrita por Reger en 1914 sobre un poema del dramaturgo Hebbel  en memoria de los soldados alemanes caídos en la guerra.  Densa, impresionante por su sencillez en el dolor  y altamente cromática. 
 
Asimismo pocos coros, únicamente los más preparados y expertos, se atreven a enfrentarse con sus cuatro cantatas, sus corales y el monumental Salmo 100 en do menor opus  106.
 

Entre su extensa producción y en un estilo completamente alejado de sus típicas composiciones para orquesta, Max Reger, también cultiva el Lied; escribe alrededor de trescientas canciones. De las canciones de Reger, debe destacarse la riqueza del color, la concisión lingüística y una ambición de expresividad. Son canciones que van desde la rima más infantil hasta la expresión más emocionante y profunda. 
 
Escuchamos su muy interpretada y encantadora canción del Sueño de la Virgen María. (Maria Wiegenlied, op 76 no 52 )
 
A continuación un motete para coro a capella: O Tod, wie bitter bist du, Op. 110, No. 3 - Oh muerte que amarga
 
Música de cámara de Reger
 
La música de cámara de Reger,  escapa a los peores excesos de su música sinfónica y coral. En su música de cámara, convierte en virtud el contrapunto, del que fue sin duda un maestro.  Reger se expresa con mucha más claridad en pequeños conjuntos y en este género muestra una fidelidad a las formas clásicas. Schubert y Brahms son una influencia decisiva en Max Reger, en una música imaginativa pero rigurosamente construida.

Reger, que aspiraba sin éxito a la grandeza como compositor, no abandonó nunca la composición del género de cámara, que produjo a un ritmo constante hasta su última obra, el Quinteto para clarinete op 146.

La sombra corpulenta de Brahms se cierne sobre gran parte de este repertorio. Reger se consideraba a sí mismo como heredero de una tradición germánica en la música de cámara, considerando a Brahms su predecesor inmediato y subrayando el efecto dinamizador de Brahms en esa tradición. 
Pero en su etapa de madurez, Reger considera  la influencia de Brahms como una carga, lo que le  llevó a renegar de sus composiciones juveniles, excesivamente influidas por Brahms, por entender que sonaban como copias muy inferiores de las obras del maestro. Sin embargo el Trio para piano opus 2, es una contribución importante al repertorio.  En su madurez  muestra su determinación de alejarse de Brahms, lo que se manifiesta en el cromatismo y la abigarrada frase  de sus obras posteriores.
 
Los dos  Tríos para piano, el  opus 2 y el opus 102 proporcionan  los mejores ejemplos del estilo temprano y maduro de Reger. El Trio nº 1 opus 2 en si menor (1892) Op.2, está escrito para  violín, viola y piano. La influencia de Brahms es evidente en el tratamiento melódico y armónico; tenemos temas robustos, a veces estridentes, acompañados de una amplia gama de texturas del piano romántico tardío. Pero Reger ya se está alejando de la estructura brahmsiana. Los temas del primer movimiento parecen expandirse y fluir sin problemas en las transiciones. El final, es un tema con variaciones, que muestra fuertes vínculos con Brahms, pero ofreciendo una considerable libertad melódica; es un movimiento que prefigura sus innovaciones posteriores en la forma de la variación.

En el trio opus 102 en mi menor para violín violonchelo y piano (1907-08), los desarrollos armónicos anunciados en el opus 2, aparecen completamente desarrollados. La obra se abre con un tema provocativamente cromático. Se desarrollan modulaciones innovadoras y elegantes,  lo que se hace más evidente en el movimiento lento, (largo), de estilo muy bruckneriano, con líneas melódicas largas sobre acordes tonalmente ambiguos.

En cuanto a los cuartetos de cuerda, fueron cultivados por Reger de manera regular y su acercamiento al género fue reverencial. Cada uno de ellos es un trabajo serio que requiere tiempo, paciencia y concentración por parte del oyente. 

Son obras en las que Reger lucha por conseguir el equilibrio entre la escala expansiva y la dosificación clásica. Una vez más los movimientos lentos tienden a devolver a la música  una gravedad y una profundidad de expresión Bruckneriana.

Reger a menudo utiliza los finales de sus cuartetos para satisfacer su gusto por la polifonía. El ejemplo más impresionante es el final del Cuarteto Op.109; se trata de un movimiento que mantiene las cualidades de ligereza y  gracia, a pesar de estar rigurosamente estructurado como una doble fuga.

En sus últimos años, Reger va a utilizar un estilo de composición más simple como denota su Quinteto para clarinete opus 146 (1916).  Es una música que se mueve entre lo austero y sentimental. Es una de sus obras de cámara más interpretadas y populares. 

La Sonata para violín en do menor Op.139, es una de las mejores obras de Reger en el género. Fue terminada en 1915 y alcanzó  popularidad inmediata.

La música de cámara de Reger ofrecerá  recompensas a los oyentes que sean amantes de nuevas aventuras. Los oyentes que ya están familiarizados con su música orquestal, reconocerán la audacia armónica y el dominio de la forma variación. Los seguidores de la música de Schoenberg y Hindemith, escucharán precedentes importantes. Aquellos que se sienten atraídos por la claridad musical del neoclasicismo del siglo XX, encontrarán una alternativa fascinante. Finalmente los devotos de Brahms encontrarán una reinterpretación del estilo de cámara de Brahms, nunca imitado servilmente, pero totalmente de acuerdo con su espíritu.  
 
Reger es a menudo visto como compositor de transición, un puente entre lo romántico y lo moderno. Muchas de sus obras de cámara muestran las mejores cualidades de ambas tradiciones.

Otros postrománticos menores: Max Bruch y  Hans Pfitzner
 
En un estudio publicado en 1905, Romain Rolland que comprendía bien el arte alemán, escribía: “Hay demasiada música en Alemania, una superabundancia desordenada de arte. La música ahoga a los músicos. La Alemania musical está ahogándose bajo la inundación de la música.”
 
Estos temores eran legítimos en esa época (1870); acaba de terminar la guerra Austro-Prusiana. Parecía que la reciente unidad alemana sellada por la hegemonía prusiana ante la cual la inteligencia había capitulado, ofrecía una música de fondo adaptada a sus sueños gigantescos. Con una exaltación nacionalista y pangermanista que no siempre excluye a Austria se va ir desarrollando en el arte, una especie de neorromanticismo o de barroquismo del romanticismo.
 
Pero, ¿Que queda hoy de los torrentes de música cuyo desbordamiento temía Romain Rolland? Pues en realidad, quedan nueve o diez nombres de los que solo tres o cuatro siguen siendo de primera magnitud. Y visto con perspectiva ¿que representan en la música alemana postromántica, compositores como Max Bruch, Humperdinck, von Schillings o Pfitzner, cuando se confronta su contribución con las geniales figuras de Wolf,  Mahler, Richard Strauss o  Reger?
 
Vamos a referirnos brevemente a dos compositores postrománticos, que podíamos llamar menores: Max Bruch y  Hans Pfitzner. No pasan de ser compositores estimables, pero sus personalidades no bastan para dar a su época una fisonomía verdaderamente creadora. 
 
Max Bruch (1838-1920), casi contemporáneo de Brahms, asimiló en forma muy desigual la influencia de aquel, pese a las cualidades de su concierto en sol menor para violín.
 
Fue un compositor de un conservadurismo a ultranza, director de orquesta y de coro en Mannheiem. Compositor de óperas, sinfonías y conciertos, hoy se le recuerda sobre todo por su concierto para violín y algunas piezas orquestales como la Fantasía escocesa. Esencialmente melodista, fue sobre todo influido por Brahms y no dudó en extraer su inspiración del folclore escoces, gales y germánico, sin que pudiera nunca librarse del academicismo.
 
El citado concierto para violín número uno en sol menor opus 26, es su obra más conocida y ejecutada. Sus modelos indiscutibles son los conciertos de Brahms y Mendelssohn. Es un concierto que se caracteriza por su abundancia melódica y el virtuosismo de la escritura. Un magnifico concierto muy querido por el público y los solistas.
 
La Fantasía Escocesa para violín y orquesta opus 46, fue escrita entre 1879-80, para el célebre violinista Pablo Sarasate. Si la Escocia de Mendelssohn en su sinfonía escocesa número tres, es más legendaria que real, no ocurre igual en la obra de Max Bruch, que se ha servido de melodías escrupulosamente anotadas para elaborar todos sus temas.
 
Con Hans Pfitzner (1869-1949) estamos en presencia de una personalidad humana y de un carácter muy recio al servicio del conservadurismo y el academicismo más estricto. Su forma de nacionalismo le valió por parte de la crítica nazi, que se consideraba a su ópera Palestrina, como uno de los más inolvidables y auténticos productos de la alta cultura alemana.
 
Nos interesa sobre todo este compositor postromántico, más que por su obra, por lo que significa su postura combativa y solitaria de un romanticismo ya caduco bien entrado el siglo XX.
 
Uno de los últimos momentos del romanticismo lo vivimos con Hans Pfitzner, aunque este nunca consintió que se le llamara el último romántico. Pfitzner venera entre los escritores a ETA Hoffmann y siente afinidades con Max Bruch.
 
Toda la clave de su producción está en su ópera Palestrina, estrenada en 1917. Pfitzner pretende descubrir el origen del arte. Dice que procede del inconsciente y que es otorgado al artista creador como una gracia. Poco puede hacer la capacidad intelectual para aportar algo a la obra de arte ya que lo esencial procede de la inspiración. Y este milagro de la inspiración se realiza en su Palestrina. Éste, que debe escribir la misa que ha de salvar la música sacra, puede, gracias al dolor que siente por la pérdida de la compañera de su vida, percibir lo que le apuntan los grandes maestros de la antigüedad. Esta escena con la termina el primer acto de la ópera pone de relieve las ideas de Pfitzner acerca de la esencia de la creación artística.
 
Todos los románticos habían creído algo semejante. Para ellos la música es principalmente sentimiento, sensación e inspiración. Pero estas ideas que han tenido validez para Pfitzner y a lo largo de un siglo, no pueden imperar siempre y ya por entonces empezaban a perder validez. La vida y la música exigen otras leyes, pero Pfitzner lucha como un león contra tales innovaciones. 
 
Se lanzará a una lucha encarnizada por un mundo que como ya presagiaba su adversario, el compositor Ferruccio Busoni amenazaba hundirse. Pero el mundo adelanta sin tener en cuenta las ideas de Pfitzner. Cuando en 1921, se propone conjurar una vez más a los buenos elementos en su Coral Von Deutscher Seele, su agresivo rival Paul Bekker, le echa en cara que aquella obra no es el canto del alma alemana, sino del énfasis alemán. Semejante juicio tremendamente irrespetuoso olvida las grandes bellezas que encierra la obra.
 
Escuchamos Von deutscher Seele  (Del alma alemana) op. 28. “Cantata romántica sobre textos de Joseph von Eichendorff para cuatro solistas, órgano, coro y orquesta”.

Pfitzner tuvo aun en sus últimos años la fuerza suficiente para renovarse. Sus dos pequeñas sinfonías opus 44 y opus 46 de 1939 y 1940 son exterior e interiormente modestas pero causan impresión de sinceridad, precisamente por su intento de dar fe del cambio operado en el autor.
 
Pero nadie puede negar que al lado de Pfitzner y de quienes piensan y sienten como él se ha abierto un camino y una clase de creación que emana de otras fuentes, que se propone otra finalidad y que con toda fuerza combate todo cuanto el romanticismo tuvo de santo.


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