El ocaso de los Dioses
Ya 1848 Wagner esbozó La Muerte de Sigfrido (Sigfrieds Tod) que finalmente se denominó "El Ocaso de los Dioses" (Götterdämmerung), pero se dio cuenta que la mayor parte de la obra se daba por supuesta, por lo que el público quedaría desconcertado y no la comprendería. Así en 1850 empezó a trabajar en el libreto de El Joven Sigfrido (Der Junge Siegfried) para que se entendiese correctamente el drama, terminando el libreto en 1851 con el título definitivo de Sigfrido.
El Ocaso de los Dioses, cuyo libreto quedó definitivamente terminado en julio de 1872 y la música en noviembre de 1874, fue estrenado como culminación del ciclo del Anillo del Nibelungo en el Festpielhaus de Bayreuth en agosto de 1876 bajo la dirección de Hans Richter.
Significado del drama
En el “Ocaso” con gran pesimismo, nos expone Wagner “que la utopía es irrealizable, que la acumulación de poder produce el abuso del afortunado y el odio del desposeído, que tan corrompidos pueden ser la defensa que hace de sí el propietario como el asalto de la famélica legión, que la política destroza la palabra (pues la palabra ya no es vehículo de comunicación, sino de ambigüedad y confusión) y que un mundo así ha de expiar y perecer sin remisión posible”, según el lúcido y sintético resumen de Ángel-Fernando Mayo.
Organizada en un prólogo y tres actos, “El Ocaso” transcurre como una suerte de amplio resumen del ciclo global. El final del ciclo suscitó en el compositor intensas contradicciones, pues se sabe que antes del espectacular y trágico final definitivo, conocido como la “Inmolación de Brunilda”, y en el que la destrucción de los dioses y del Walhalla, arrasado por un fuego purificador, trae un nuevo orden elevado sobre la redención por el amor, Wagner pensó darle a su odisea un final feliz en el que el anillo era devuelto al Rin y el orden de los dioses quedaba armónicamente restaurado.
Valoración musical: Bernard Shaw en “El Perfecto Wagneriano” nos cuenta lo siguiente:
“El Crepúsculo de los Dioses” es también una gran ópera. En ella veréis lo que hacía tanto rato que echabais de menos: el gran desfile escénico de los coros, sin contar con la intervención de la prima donna entonando su canto de muerte junto a las candilejas. Cuando el coro hace su aparición prorrumpiendo en una enérgica exclamación en do mayor, vemos que no se diferencia mucho -o en todo caso no es menos absurdo- de los coristas cortesanos de “La Favorita” o en “Per te immenso giubilo” de Lucia.
La armonía está sin duda algo desarrollada, pues Wagner eleva las quintas a un sol agudo, donde Donizetti no hubiera podido pasar de un sol natural, sin taparse los oídos. Pero de todos modos es un coro de ópera y a la larga, con su expresión, alcanza una grandiosidad teatral, escénica, que nos recuerda a Meyerbeer y a Verdi, con sus números de conjunto para toda la hilera de actores principales, con sus vengativas inspiraciones para tríos, sus muertes románticas para una tirada de tenor, en una palabra, todos los procedimientos convencionales de la ópera.
Ahora bien, es probable que alguien haya oído decir a más de un fanático peregrino del Bayreuth que hay que considerar “El Crepúsculo de los Dioses” como el punto más elevado de una culminación épica, como la obra más Wagneriana de todas las del “Anillo” sin fijarse para nada, ni hacer alusión alguna, a aquellos llamativos atavismos que hemos señalado, especialmente cuando encontramos que los tríos de las conjuraciones son más ridículos y visibles que los discursos metafísicos de Wotan en los tres dramas musicales del “Anillo”.
Por lo demás, en este drama no existe un verdadero proceso de atavismo. “El Crepúsculo de los Dioses” aunque sea el último de los dramas del “Anillo”, en el orden de su presentación, fue el primero en la concepción del autor y fue la fuente de la cual brotaron las otras tres.
Destacada singularidad de “El ocaso” es el requerimiento de coros, por primera y única vez en todo el Festival Escénico, durante su segundo acto. Asimismo, uno de los fragmentos sinfónicos más populares del Anillo suena también en “El ocaso…”: la imponente y majestuosa Marcha Fúnebre de Sigfrido que acompaña el rito funerario tras su muerte en el Acto III.
La música para esta cuarta ópera (como en cierta medida sucede con la tercera) es producto de la más grande madurez de su autor; sale de su pluma una vez ha concluido Tristán y Maestros Cantores, o lo que es lo mismo, es su penúltima ópera, lo que se nota desde la primera hasta la última nota, con algunos pasajes especialmente memorables (transición en el Prólogo a la escena de la roca, coro de Gibichungos, Marcha Fúnebre, etc.), por no hablar de la caracterización sicológico-musical de los personajes, y en especial del malvado Hagen y la terminal Brunilda. En fin, una obra única en la historia de la Música, si no del Arte mismo.
Argumento y análisis (Por Alice Leighton Cleather y Basil Crump. El Anillo del Nibelungo )
Prologo.
Comienza con el triste canto de las tres normas (Diosas del Destino, nacidas de Erda, antes que el mundo fuera). Tejen la cuerda del Destino y refieren la historia de lo pasado.
La primera Norma nos habla del Fresno del Mundo. De sus raíces brotaba un manantial del mas puro saber. Un intrépido Dios intentó beber en el manantial, cediendo un ojo ( Wotan y el ojo de la visión espiritual) para conquistar el inefable don. Wotan arrancó del Fresno una rama para el asta de su omnipotente lanza. El árbol así herido, se marchitó y murió. La fuente del saber cesó de fluir. Entonces despertó mi canto, oscurecido por el dolor. Ya no he vuelto a tejer en el Fresno del Mundo.
La segunda Norma refiere como esculpió Wotan en su lanza las Runas de los Pactos y como el intrépido héroe que el había creado (Sigfrido) la partió en dos pedazos.
La tercera Norma, canta que Wotan está sentado en el Walhalla, rodeado de Dioses y Héroes, con los haces apilados en torno a sus paredes. Cuando la leña se encienda, comenzará el Ocaso de los Dioses. Con el poder de su lanza, encadenó al Dios del Fuego a la roca de la Valquiria. Un día introducirá el asta astillada en el ardiente seno de Loge, y lanzará el palo ardiendo sobre el montón que rodea el Walhala.
Se esfuma la noche y la cuerda se enreda y deshilacha cuando las Normas refieren el robo de Alberico y su espantosa Maldición. De pronto la cuerda se rompe y las Normas, después de atarse los fragmentos alrededor del cuerpo, desaparecen gritando: ¡cesa la eterna sabiduría! ¡Los sabios ya no dicen nada al mundo! ¡Abajo con madre, abajo! (descienden con su madre Erda)
Al despuntar la aurora, Sigfrido y Brunilda entran en la Caverna. ¿ que valdría mi amor hacia ti si no te mandara a realizar nuevas hazañas? Solo me hace vacilar el temor de que no hayas conquistado bastante de mi valor. Luego como si presintiera la inminente tragedia, profiere : Piensa en los juramentos que nos unen, piensa en la fe que nos profesamos, piensa en el amor que sentimos. Si lo haces Brunilda arderá siempre en tu corazón como cosa sagrada.
Como prenda de su amor, Sigfrido le entrega el Anillo (el temible símbolo de poder egoísta que encierra la maldición de Alberico) En cambio, ella le da su caballo Grane, intrépido como Sigfrido. "Montado en tu noble corcel y con tu escudo como amparo, ya no soy Sigfrido : solo soy el brazo de Brunilda."
Prologo I. Preludio previo al relato de las Normas
Prologo I : Prelude y relato de las Normas
Comienza la segunda parte del prólogo con la música en un piano de extraordinaria plasticidad y tonos sombríos, música misteriosa que, en lenta y bellísima progresión, ira modulando armónica y tímbricamente hacia la luz del alba.
Amanece sobre el paisaje rocoso en el que Siegfried se despide de su amada Brunnhilde y, animado por esta, va a partir hacia nuevas proezas surcando el mítico Rin. Dos temas sirven a la escena de la roca. El tema de Brunilda con un diseño melódico impregnado de una reluciente sensualidad en las cuerdas y el tema de Sigfrido conquistador y guerrero En la lejanía aun oímos la trompa de Siegfried en postrera despedida de Brunnhilde. Después de haber trazado un majestuoso arco, la música se plegará finalmente al clima misterioso y oscuro del que partió, dejando un ambiente en el que flotan graves presagios.
Es música de incuestionable dimensión teatral, pero, a la vez, funciona perfectamente en concierto, con caracteres de poema sinfónico. Se conoce como "Viaje de Siegfried por el Rin" al impresionante interludio musical que une el prólogo y el primer acto de "El ocaso de los dioses", esto es, desde el final de la despedida de Siegfried y Brünnhilde hasta la aparición de la sala de los guibichungos, donde vemos por primera vez a Hagen, Gunther y Gutrune. El viaje de Sigfrido está sembrado de motivos que recuerdan a las jornadas del Anillo anteriores. Su llegada al rio nos vuelve a traer el dibujo ondulante, mientras que los sombríos acordes con que concluye el viaje dejan entrever los peligros que esperan al héroe.
Amanecer y viaje de Sigfrido por el Rin es una de las más extraordinarias páginas orquestales de la jornada final de la Tetralogía wagneriana
Acto primero
Con la separación de Brunilda y Sigfrido se termina el prologo (se desarrolla lo que se denomina Viaje de Sigfrido por el Rin) y penetramos en el palacio de los Gibichungos en las orillas del Rin, donde Hagen, el hijo engendrado en ira por el negro enemigo del amor, maquina apoderarse del Anillo de Sigfrido. Sus instrumentos son los Gibichungos, Gunther y su hermana Gutruna. Son parientes de Hagen por un solo lado, y que se hallan a igual distancia de las fuerzas del bien y del mal. Al ambicioso Gunther, el perverso hermano de un solo vinculo (Hagen) le descubre la perspectiva de conquistar mas poder y sabiduría casándose con la doncella que vive en la roca ceñida de llamas. Pero solo Sigfrido, el mas grande de los héroes, puede atravesar el fuego. ¿Cómo pues Gunther puede conquistarla? Hagen le revela el astuto plan: hay que ofrecer a Sigfrido una poción mágica, que le haga olvidar a Brunilda y enamorarse de Gutruna.
Mientras ellos maquinan, se siente en el Rin la trompa de Sigfrido, que entra en busca de Gunther. “ Salve Sigfrido”! exclama Hagen al coger su caballo Grane. El espectador se da cuenta de que está obrando una fuerza maligna, porque el tema de la maldición acompaña a la sorprendida pregunta de Sigfrido. ¿Me llamas Sigfrido? ¿Nos hemos visto alguna vez? He conocido quien eras por tu poder, le responde el hijo del Nibelungo. Luego Gunther da la bienvenida al Héroe. “ Tuya es mi herencia, mis tierras y mis gentes.” ¡ Sostenga mi vida este juramento! Sigfrido replica que él no tiene que ofrecer nada mas que a si mismo y la espada que el forjó, olvidándose del Tarnhelm y del Anillo.
Hagen le pregunta por éstos y le habla con perversa intención de las propiedades del Tarnhelm. Hagen averigua que el Anillo ha quedado en poder de Brunilda y abre la puerta de Gutruna que aparece con el filtro del Olvido que ofrece a Sigfrido. Bebe el filtro a la salud de Brunilda y se siente violentamente enamorado de Gutruna y pide su mano que no puede dejar de mirarla hechizado. Así cae Sigfrido victima del negro enemigo del amor. Volviéndose a Gunther, le pregunta si es casado. Gunther replica que no y que desea casarse con Brunilda. Sigfrido al oír la mención de este nombre, da muestra de que el filtro del Olvido ha surtido su doble efecto, y que ha perdido toda la memoria de su sagrado amor. No solo esto sino que celebra el rito de la fraternidad de la sangre con Gunther, y con la ayuda del casco mágico, se aviene a tomar la forma de Gunther y de conquistar para él a Brunilda.
Comenta Wagner sobre este punto que “Sigfrido como Tristán caen victimas de una ilusión que priva de libertad a estos actos suyos; cortejan en nombre de otro a la mujer eternamente predestinada para ellos, y en la falsa relación que así surge hallan su perdición.”
Cuando Wagner habla aquí de ilusión, se refiere a ilusión de la vida material, aquí simbolizada por el Filtro del Olvido. En Tristan, más definidamente, se llama, el falso resplandor del día.
Una conocida autoridad wagneriana, ignorando la significación de la maldición en este punto, pone defectos a la introducción por Wagner de un elemento extraño igualmente a las creencias y a la experiencia del espíritu moderno, o sea la acción….de la magia…. “Tenemos que hacer a nuestro cerebro la violencia, añade, de pedir que digiera, no una, sino dos fórmulas mágicas: el brebaje y el Tarnhelm.”
Esto no es otra cosa que perder de vista el carácter especialmente mitológico de la obra entera. Además, el empleo del Tarnhelm por Alberico y Fafner, el encantamiento del fuego, el largo sueño y despertar de Brunilda, las apariciones de Erda, tendría que incluirse en la misma categoría.
Entre tanto Brunilda recibe la visita de su hermana valquiria, Valtrauta, que en acentos agitados y llenos de pesar le cuenta como Wotan permanece grave y silencioso en los salones del Walhala, y ha mandado a sus dos cuervos para que le traigan noticias del final. “Yo me estreche contra su pecho y entonces estalló su meditación y sus pensamientos, Brunilda fueron para ti.” Dijo estas palabras: “el día que las tres hijas el Rin recobren el Anillo por la entrega de ella, Dioses y hombres estarán redimidos del peso de la Maldición”.
Pero solo para conservar el viejo estado de cosas – la pompa y el descanso del Walhala y de los Dioses, Brunilda no renunciará al anillo. Y despide a Valtrauta llena de desesperación.
Las explicaciones de Wagner a su amigo Augusto Roeckel, que no podía conjeturar su hondo significado, arrojan luz sobre esto:
“ Voy a decir una palabra mas sobre Brunilda. También a ella la juzga usted mal, cuando califica de dura y perversa su negativa a entregar el anillo a Wotan. ¿ No ha visto usted como Brunilda se ha separado de Wotan y de todos los Dioses por el amor, porque allá donde Wotan preparaba planes, ella no hacia mas que amar? Desde que Sigfrido la despertó plenamente, no ha tenido otro conocimiento que el del Amor. Ahora, una vez mas que Sigfrido se ha alejado de ella, el símbolo de su amor es el Anillo. Cuando Wotan se lo pide, no surge en su recuerdo nada mas que la causa de su separación de Wotan (porque ella obraba por amor); Y solo una cosa sabe todavía, y es que por el amor ha renunciado a toda divinidad; pero sabe que el amor es la única cosa divina; Así, pues, húndase en ruinas todo el esplendor del Walhala; ella no entregará el Anillo, su amor. Si se estremece usted, al pensar que Brunilda puede ver en ese anillo maldito el símbolo del verdadero amor, sentirá usted precisamente lo que yo pretendía hacerle sentir, y reconocerá el poder de la Maldición del Nibelungo en su mas terrible y trágica grandeza”; entonces comprenderá usted plenamente la necesidad de todo el drama ultimo: el Ocaso de los Dioses. Eso es lo que aun tenemos que presenciar, para comprender bien la maldad del Oro.
Los terribles resultados que rápidamente siguen a esa fatal decisión hacen comprender a Brunilda la necesidad de ejecutar el último deseo de Wotan. Porque recuérdese que, con las propias palabras de Wagner, “Wotan se eleva a la trágica altura de querer su propia perdición.”
Y ahora viene la escena más terrible de esta negra tragedia. Brunilda oye las notas de la trompa de Sigfrido y espera ansiosamente su llegada. De pronto, con asombro y terror de la Valquiria, aparece al través del fuego una figura extraña con el Tarnhelm puesto; se anuncia como Gunther y la reclama como esposa. En vano eleva el Anillo para que la proteja; Gunther le arrebata brutalmente la atesorada prenda de amor, en tanto que suena fuertemente el tema de la maldición. Este va seguido por una forma desgarrada de la melodía con la cual, en la última escena de la ópera “Sigfrido”, Brunilda suplicó al héroe que no buscara la perdición. Esto es pues una parte del negro destino que ella preveía como resultado de la maldición.
Ordenando a Brunilda que entre en la caverna, el disfrazado Sigfrido pasa la noche a su lado con la espada Nothung tendida entre ambos, como muestra de su fidelidad al juramento de fraternidad de sangre que le une a Gunther.
Acto I Final Sigfrido ( Gunther) ante Brunilda
“¿Porque se somete Brunilda tan pronto al disfrazado Sigfrido? – prosigue Wagner en la citada carta. Precisamente porque él le había arrebatado el anillo, única cosa que daba a la esposa el tesoro de su fuerza. El terror, lo demoniaco de esta escena se le han escapado a usted. A traves de las llamas, predestinadas a que solo Sigfrido las atravesara, del fuego que, según la experiencia había demostrado, él solo podía pasar, llega otro y sin tropiezo alguno. El suelo vacila bajo las plantas de Brunilda; el mundo se desquicia; en la terrible lucha se ve dominada, abandonada de Dios. Además es Sigfrido en realidad a quien (inconsciente y sin embargo asombrosamente) reconoce Brunilda casi por sus centelleantes ojos, a pesar del disfraz. (usted siente que aquí ocurre una cosa enteramente inefable y por consiguiente hace usted muy mal en estrecharme para que la explique con palabras)”
Acto segundo
El preludio es inquietante e intenso, y presagia la terrible conversación que Alberico va a tener esa noche con su hijo.
De pronto el sol naciente revela a Sigfrido, que vuelve de la roca de la Valquiria. Sigfrido refiere a Hagen y Gutruna como ha traído a Brunilda para el verdadero Gunther.
A continuación Hagen entona su terrible y brutal "Hoiho! Hoihohoho!" y llama a las tropas de los Gibichungos que se le unen en un gran coro para celebrar la llegada victoriosa de Gunther y Brunilda y el éxito de la apropiación del anillo. Los momentos iniciales de esta escena son estremecedores y abundan las atrevidas disonancias en los metales. Es de las pocas escenas corales que tiene la Tetralogía y uno de los momentos mas operísticos en el sentido tradicional del término que contiene toda la tetralogía)
Pocas páginas registra la historia del teatro tan llenas de vida como ésta. De las cumbres y del llano acuden precipitadamente los hombres, los cuernos de guerra repercuten por todas partes sus ecos; cada vez en mayor número van viniendo vasallos que se llaman y se buscan, se interrogan, en animadísimo conjunto. Es este el único momento de la Tetralogía en que se ve un conjunto de voces numerosas, pero, ¡cuán diferentes de los vulgares coros de ópera! Las voces se expresan según el propio sentimiento de cada individuo, con una polifonía y una independencia asombrosas: son exclamaciones, frases sueltas, la imagen fiel de una junta de guerreros en conmoción por el llamamiento de alarma. ¡Y qué acentos viriles heroicos tiene la orquesta! ¡Qué gallardía, cuán noble fiereza en esta incomparable sinfonía! El cuadro es pintoresco por demás, indescriptible en su colorido brillante, en su vida comunicativa y poderosa. Imposible analizar el desarrollo orquestal, en donde aparecen con sin igual maestría todos los temas de Hagen y de Gunthter, en colosal crescendo, que termina con la franca explosión de familiar alegría entre aquellos rudos guerreros
(Fuente:http://www.archivowagner.com/indice-de-autores/201-indice-de-autores/l/lopez-chavarri-eduardo-1875-1970/el-anillo-del-nibelungo/589-el-crepusculo-de-los-dioses#sthash.Kz0LKJzg.dpuf)
Act II Scen 3º Hagen y las tropas exaltadas por la victoria preparan la llegada de Gunther y la abatida Brunilda
ActoII Scen 3ºLLegada de Gunther y Brunilda y coro
Se encuentran las dos parejas mal acopladas. Brunilda con terror y asombro, reconoce a Sigfrido. Desmayándose casi, cae en los brazos del inconsciente héroe, musitando , “ Sigfrido no me conoce.” Obsérvese el creciente horror de esta crisis intensamente dramática; porque cuando Sigfrido le señala a Gunther, su supuesto marido, Brunilda ve rápidamente el Anillo en sus dedos. Avanzando exclama : “ ¡ Ese Anillo en su mano! ¿ La suya? ¿ la de Sigfrido? Pugnando por reprimir la tempestad de emociones que se desata dentro de ella, imperiosamente pide a Gunther una explicación. Pero Gunther confundido no sabe nada de ello. Luego ella volviéndose frenéticamente a Sigfrido, le acusa de cruel robo, negado bajo la mayor inconsciencia por el Héroe, que, bajo el hechizo del brebaje del olvido, no recuerda nada posterior al acto de habérselo quitado al Dragón. Brunilda cegada por el poder de la maldición, no ve que Sigfrido la ha engañado inconscientemente y llama a los Dioses para que venguen el agravio. ¡ Mostrad una venganza cual jamás ardió! ¡ Dejad que Brunilda se desgarre el corazón para perder al que la ha traicionado!
Inmediatamente Brunilda declara que Sigfrido es su verdadero marido y este se ve acusado de haber roto su juramento de Fraternidad de Sangre con Gunther. Sobre la punta de la lanza ofrecida por Hagen jura Sigfrido su inocencia y sobre el arma fatídica jura también Brunilda, consagrando el juramento a la destrucción de Sigfrido.
Horrible es la decepción que domina a la desdichada pareja. Brunilda la percibe confusamente, y cuando parten Sigfrido y Gutruna, musita con asombro: ¿qué fuerza infernal habrá aquí oculta? ¿ Dónde están mis runas para leer este enigma?
Hagen espiando la ocasión, se entera ahora por Brunilda que ha hecho a Sigfrido invulnerable salvo por la espalda, pues sabia bien que el no la volvería nunca a un enemigo. “Ahí dice Hagen será herido” y completa la maquinación para la muerte del Héroe.”
Acto Tercero
Comienza en la orillas del Rin, donde Las Tres Hijas del Rin están cantando: “Padre Sol, mándanos al héroe que nos ha de devolver nuestro Oro”. Pronto aparece en la alturas Sigfrido y las Ondinas le piden que les de el Anillo; avisándole de la maldición que encierra. Pero Sigfrido desprecia el peligro para si mismo. Lo que libremente abandonó por amor, lo conserva al ser amenazado por el miedo. Así averiguan las Ondinas que es la sufrida Brunilda a quien le está reservado el realizar ese acto final de renunciación, único redentor; y alejándose a nado cantan al héroe: “ Adiós Sigfrido! Hoy heredará una soberana mujer la riqueza tuya. Ella accederá mejor a nuestro ruego.”
Entre las ondulaciones de la cuerda se escuchan los temas de las hijas del Rin y del Oro, á los cuales se unen dos nuevos diseños característicos de una exquisita suavidad; la musa de Wagner ha derramado en ellos todo su gracioso abandono, su seducción infinita, para expresar con arabescos deliciosos y con una melodía lánguida (derivada de la canción de las ninfas, en el prólogo todo el encanto de las ondinas.
Fuente :
Se oyen de pronto trompas en el valle y se incorpora a Sigfrido el resto de la partida de caza, con inclusión de Gunther y de Hagen. Mientras se hacen los preparativos para la comida, Sigfrido refiere su encuentro con las Hijas del Rin; y cuando habla del aviso que le han dado de que ha de morir antes del día, Gunther se sobresalta y mira sombríamente a Hagen; porque le falta corazón para la negra trama que ahora se ha de poner en marcha. Mientras los presentes beben, Sigfrido relata algunos de sus actos pasados; como forjo la espada Nothung; como mató al Dragón y conquistó el casco y el anillo. Como al gustar la sangre del Dragón, se abrió su audición interior y el ave de la selva le contó el criminal intento de Mime. Pero en este punto, le falla la memoria, entonces Hagen le da a beber una hierba y entonces el recuerdo de Brunilda vuelve a la mente de Sigfrido.
Al terminar su narración, que Gunther ha escuchado con asombro y turbación creciente, los cuervos de Wotan se elevan de un arbusto y vuelan cruzando el Rin. A la pregunta de Hagen: “¿ Sabes tu entender bien el lenguaje de esos cuervos”?, Sigfrido levanta la vista para mirarlos, apartándose de su no sospechado enemigo, el cual inmediatamente le hunde la fatídica punta de lanza en la espalda. Sin decir mas palabra que “ retribución” el asesino se aparta sereno y desaparece en el bosque, en tanto que Gunther se arrodilla angustiado ante el héroe moribundo. Ahora en sus últimos momentos vuelve a su memoria el recuerdo de Brunilda, y muere con el nombre en los labios, Luego , a los solemnes acentos de una hermosísima y conmovedora marcha fúnebre, compuesta con temas relacionados con la vida de Sigfrido, el cadáver es llevado al palacio de los Gibichungos.
Götterdämmerung, Siegfried's Death And Funeral, Part 1/2
Götterdämmerung, Siegfried's Death And Funeral, Part 2/2
Poco antes de morir tras el lanzazo que le infiere Hagen, Sigfrido tiene una visión celestial le hace ver el brillo de la mirada de Brunilda, su único amor, «su única vida» ¿No ha muerto en cuanto dejó de amarla? Toda el alma de Siegfried se exhala en un inefable desbordamiento de amor; de la orquesta suben, como efluvios de reconocimiento, las frases de ternura y de pasión de los jóvenes; con indescriptible poder sentimental, las palabras de Siegfried son el más sublime adiós á la vida, la última visión de amor más hermosa que poeta alguno pudo traducir en sonidos ideales. Y mientras se extingue con infinita dulzura el último recuerdo musical del amor, el héroe murmura: «¡Respirar tu aliento!... ¡Oh, muerte suave... Brunilda me saluda amorosa!...» y expira dulcemente.
En la marcha fúnebre que aquí oímos, Wagner alcanza una de las cumbres épicas del ciclo de las cuatro óperas que conforman El Anillo del Nibelungo. Una música de una soberbia intensidad dramática. Los siniestros y sordos redobles del timbal marcan el desarrollo de la pieza desde el principio y le confieren un tono trágico. No es sólo la vida de Sigfrido la que ha llegado a su término. También el mundo de los dioses está a punto de hundirse y la conciencia de este final inminente se percibe aquí con clara evidencia. Pronto las llamas de su hoguera alcanzarán el Walhalla y destruirán la residencia de Wotan y los suyos en un final apocalíptico.
(Fuente: http://dosostenidomenor.wordpress.com/2009/05/14/el-ocaso-de-los-dioses-wagner/. (Por Alvaro Ojeda)
El genio de Wagner aparece aquí avasallador, imponente, como no es fácil imaginarlo, a no ver esta maravilla del arte teatral. A la conmoción profunda que causan los acontecimientos de la escena, se unen los recuerdos de la orquesta que, con sus melodías, hace pasar ante nosotros toda la vida del héroe. ¡Qué sentimiento embarga el ánimo cuando vemos alejarse el cuerpo inanimado del amante de Brunilda, y oímos los ecos de sus hazañas «Tormentosa y serena á la vez-dice Leonce Mesnard- con alternativas de sombra y de luz, esta página sublime pierde muchísimo si se la separa del medio imponente que la rodea y la encuadra, si se la transporta lejos de todos sus elementos constitutivos y de la vida heroica que con tanto poder resume...
Tal es la admirable escena. Su estructura musical es interesante por demás: todos los temas que durante cuatro jornadas se relacionan con la vida de Siegfried, surgen ahora; de modo que el espectador se encuentra hondamente impresionado al oír reaparecer como último adiós que resume tantos momentos de felicidad, aquellas melodías tan conocidas.
Es, pues, este intermedio musical una verdadera oración fúnebre, heroica, sublime, como corresponde a Siegfried, representación esforzada de la juventud y el valor. Cuando expira el héroe, reina un imponente silencio que todavía aumenta un leve redoble de timbales pianísimo.
Entonces comienza el tétrico regreso al palacio. Entre los fortísimos y dolorosos acordes del metal (noble y grande, como el dolor de aquellos guerreros), van apareciendo los diferentes temas de la vida del héroe.
Mientras Gutruna llora sobre el cadáver de Sigfrido, Hagen y Gunther luchan por la posesión del Anillo. Hagen después de matar a Gunther, trata de apoderarse de el, pero la mano del muerto se alza amenazadora y, al retroceder todos aterrorizados, se ve acercarse a Brunilda. Acusa a Gutruna de haber provocado el desastre y le dice la verdad : “ El juramento de nuestra unión se profirió antes de que Sigfrido hubiera visto tu rostro.” La infeliz Gutruna comprende la infame trama y exclama desesperada , ¡ maldito Hagen! Tu diste el odioso filtro para que su marido fuera desleal!
Brunilda que contempla con angustia el cuerpo de Sigfrido, se vuelve con solemne ademan y ordena a los presentes la construcción de una pira funeraria en la cual ella también alcanzará su fin. Su visión ya está clara porque al fin se ha gastado el poder de la maldición. Brunilda anuncia a su padre en el Walhala la proximidad del reino de la paz : “Todo se aclara de una vez, hasta tus cuervos oigo volar , que vuelvan pronto a su morada para referir las anheladas noticias, descansa oh Dios.”
Depositan el cadáver sobre la pira y Brunilda le quita el anillo y se lo pone ella, dirigiéndose a la Ondinas que aguardan : “Yo os doy lo que queríais recobrar, tomadlo para siempre de mis cenizas”. La roja llama que me abrase limpiará para siempre la maldición.” Cogiendo una gruesa antorcha prosigue : “Vosotros cuervos, volad a casa y contar lo que habéis visto aquí. Rodead la roca de Brunilda, todavía arde allí Loge. Mandadle que vuelva al Walhala. Se acerca en la oscuridad el Ocaso de los Dioses. Así arrojando mi antorcha inflamo las torres del Walhala.”
Monta Brunilda sobre Grane y se lanza de un salto en medio de la pira. La pira se derrumba dejando una masa de humo que forma una nube en el horizonte. El rio se desborda y barre el fuego. Se ve a las Hijas del Rin nadando junto a las cenizas y Hagen se lanza ciegamente hacia delante en un postrer esfuerzo por recobrar el Anillo. Hagen es arrastrado bajo las ondas en tanto que una de las Ondinas jubilosa alza el oro recobrado. Cuando se retiran las aguas del Rin, perfora la nube un resplandor brillante, revelando el Walhala con sus Dioses y héroes, rodeados por el terrible abrazo de Loge; En tanto que sobre todo el tumulto del cataclismo flota el tema de la redención por el amor, que es el ultimo que se oye de los labios de Siglinda en la Valquiria.
En este inflamado final de la Valquiria vemos un estado de cosas antiguo, con todos sus males y limitaciones, purgado por el fuego de la naturaleza superior, la Voluntad purificada; y de las cenizas de la pira funeraria hasta la visión interior se alza , a manera de Fénix, una nueva forma gloriosa, brillante promesa de un destino mas grandioso para el alma humana. Porque Wagner con su optimismo esencialmente religioso, creía en los destinos de la raza humana, que están mas allá de todo tiempo y de todo espacio. La Voluntad, que vimos ligada por sí misma en Wotan, se libera por si misma en la muerte de Sigfrido, y en la renunciación y autoinmolación de la gloriosa Valquiria, Brunilda.