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martes, 20 de mayo de 2014

Rossini. Bellini. Donizetti : la esencia del Bel Canto

Situación general en Italia, España y Francia

Rossini – Donizetti – Bellini. El Bel Canto

 
Nos vamos a referir en las dos próximas entradas al desarrollo de la ópera europea en la primera mitad del siglo XIX.

El siglo XIX recibe del anterior el culto hacia la ópera italiana. La primera mitad del siglo XIX aparece pues monopolizada por ésta. La misma enseñanza de la música aparece subordinada al cometido operístico. Incluso políticamente la ópera parece un pregón de liberalismo. Bajo la influencia liberal de María Cristina de Nápoles se crea el conservatorio de Madrid regido por Permanini, cantante italiano.

Es una época en que el nombre de Rossini y el Bel Canto  desalienta todo intento de reacción nacionalista contra la ópera italiana.: en los centros musicales de la época, Viena, Paris, Londres, las compañías llevan el nombre de Rossini como bandera y aplastan cualquier posible polémica.

La ópera sigue siendo el gran espectáculo por excelencia. Los teatros de ópera reciben ya su carácter de la burguesía triunfante. En la ópera se han librado también las batallas románticas. Las obras literarias que el romanticismo coloca a la cabeza pasan a la opera; la ópera italiana es la gran novela romántica puesta en música. Al principio parece acercarse a un idealismo tierno y fantástico: Walter Scott es el modelo.

En el centro, tendremos Verdi, sobre todo en su segunda mitad,  pura encarnación del dramatismo, buscador de libretos en las obras de Shakespeare, cuya incorporación a la ópera italiana presenta caracteres muy diversos del Shakespeare visto por los románticos alemanes.

En Italia, el arte dramático estaba en decadencia desde el final del siglo XVIII, después de Cimarosa 1749-1801 autor del matrimonio secreto. La ópera se convierte en símbolo de la unidad política y aplasta el mundo musical restante. En Italia, la maravillosa tradición sinfónica, las escuelas de violín y de piano, todo, salvo Paganini, cae en el último plano ante el triunfo de Rossini y después de Verdi.

Caso parecido ocurre en España con la triste diferencia de ser invadidos y no tener capacidad para ser protagonistas. El conservatorio de Madrid está entregado a la ópera italiana. Todas las óperas de compositores españoles fracasan. Son los años de Carnicer y Eslava. Se inicia el capítulo del teatro popular, andalucista, sin pretensiones de altura. La zarzuela está en la puerta, pero sirviendo a un modelo cuya forma viene de Paris, de la ópera cómica.

En Francia, la primera mitad del siglo XIX es una época secundaria en cuanto a la originalidad de la producción dramática; solo destaca Berlioz y morirará incomprendido, mientras el público desprecia su poder y realismo dramático y aplaude el virtuosismo vocal. En Francia pueden citarse después de Boieldieu, los nombres de Adam, Herold y Auber.

Rossini – Donizetti – Bellini

Desde 1810, fecha de la primera ópera de Rossini, hasta 1848, año de fallecimiento de Donizetti, estos tres compositores dominaron la ópera italiana. Constituyen la esencia del Bel Canto como forma contrapuesta a las majestuosas óperas en italiano creadas por Meyerbeer y Cherubini en Paris. Las óperas del Bel Canto apuntan al entretenimiento. Es posible que Weber haya reflejado su interés por el pueblo alemán, y que Fidelio de Beethoven apuntase a valores espirituales. Nada de esto interesaba a los compositores del Bel Canto que practicaban un arte emotivo e exhibicionista. Como consecuencia sus óperas eran muy populares. Para los italianos se quejaba Berlioz “La música es un placer sensual y nada más. Desean una partitura que, como el plato de macarrones, pueda ser asimilado inmediatamente sin que se vean obligados a pensar en el asunto, o incluso prestarle atención.”

Más tarde las óperas de espectáculo de Meyerbeer, las óperas psicológicas de Verdi y los dramas con música de Wagner, desplazaron de la escena a la ópera del Bel Canto. Solo un puñado de obras sobrevivieron: El Barbero de Sevilla de Rossini, Lucia de Lammermoor, L´Elisir d´amore de Donizetti y Norma de Bellini. Si se tiene en cuenta que Rossini compuso treinta y nueve operas, Donizetti alrededor de setenta y Bellini  once, ese muestrario no es muy importante.

La ópera del Bel Canto estaba basada en una formula y se apoyaba esencialmente en el recurso a la cavatina y la cabaletta. La cavatina, lenta y lírica, estaba destinada a demostrar una línea del cantante, a exhibir su capacidad para sostener una larga frase sin pérdida de la belleza, del tono, el matiz y el color. A la cavatina seguía una última sección denominada cabaletta, en la cual el virtuosismo del cantante ejercía su influencia. La combinación del tono puro y la técnica brillante constituían el bel canto. Gran parte de este tipo de canto provenía de los castrados. Rossini había oído a algunos de los grandes castrados, y sabia de lo que eran capaces; sabía también que los grandes no eran meros exhibicionistas. Los que poseían gusto estaban en condiciones de conmover a sus oyentes con la pureza, la belleza e incluso con la pasión de su canto.

Este ideal (la técnica más el gusto) no se realizaba siempre. Más aún que el resto de los músicos, los cantantes de ópera tendían a abusar de sus prerrogativas. Para satisfacerlos el compositor tenía que demostrar la diplomacia de un Talleyrand. Rossini siempre estaba luchando con la falta de gusto de muchos cantantes.

Operas como churros

En Italia, durante el primer tercio de siglo, el compositor llegaba a una casa de ópera, componía una ópera en unas tres semanas, dirigía las tres primeras representaciones y pasaba a la ciudad siguiente: óperas como churros. La ópera trabajaba de este modo; era un negocio, y cuanto más veloz el movimiento tanto mejor. Rara vez se publicaban las óperas y como Rossini y sus contemporáneos sabían que en la ciudad siguiente no habían escuchado su última ópera, tranquilamente extraía partes de ella y las presentaba como nuevas creaciones.  De este modo Rossini solo necesitó  trece días para completar su Barbero de Sevilla. “Siempre supe que Rossini era perezoso”, bromeaba Donizetti cuando le hablaron de esta hazaña. Donizetti sabía de lo que estaba hablando pues había necesitado solamente ocho días para terminar el Elisir D´amore. Mendelssohn, que estaba recorriendo Italia, se maravillaba y divertía con este modo italiano de componer opera. Mendelssohn, la industriosa hormiga alemana y Donizetti la cigarra italiana.

Los compositores del Bel canto podían producir partituras con tanta rapidez porque de hecho componían operas con arreglo a una formula, todas elaboradas  más o menos del mismo modo: a un coro inicial seguían las arias y los conjuntos cuidadosamente calibrados, cada uno apostado con la rigidez de los soldados de un pelotón militar en posición de firmes, todos y cada uno en el lugar exacto. Los dos actos terminaban cada uno con un coro resonante. Rossini se mostró cruelmente franco al juzgar este método de trabajo:

“Nada acicatea más la inspiración tanto como la  necesidad, trátese de la presencia de un copista que espera el trabajo que uno tiene que realizar, o la presión ejercida por un empresario. Compuse la obertura de la “Gazza Ladra”  el día del estreno en el teatro mismo, donde me encerró el director y estaba sometido a la vigilancia de los utilleros, que tenían  orden de arrojar mi texto por la ventana página por página a los copistas que esperaban abajo para transcribirlo. Sino había páginas , había orden de arrojarme a mí mismo por la ventana. Estuve mejor en el caso del Barbero, no compuse una obertura y en cambio elegí una que estaba destinada a una ópera semiseria llamada Elisabeth. El público se mostró del todo satisfecho.”

Prácticamente en muchas operas de Rossini y Donizetti y en varias de Bellini, hay trabajo chapucero, autoplagio y cinismo.

Rossini (1792 – 1868)

Recibe en Bolonia las enseñanzas del P. Tesei y se hace célebre por sus habilidades instrumentales y entra en la composición por el trillado camino de la sinfonía y de la cantata. En 1813 con el estreno de Tancredo, entra en el camino de la apoteosis. La italiana en Argel 1813, Elisabeth 1815, Otello 1816, El Barbero de Sevilla 1816, Moisés 1818, la Donna del Lago 1819, Zelmira 1822 y Guillermo Tell 1825 marcan los puntos culminantes del éxito de Rossini.

Las oberturas construidas por lo general bajo la forma de sonata, además de sus melodías que hicieron de ellas un éxito, revelan un orquestador de una habilidad diabólica que exalta hasta el máximo grado la música pura.

Tenía genio, y también ingenio y chispa. “Dadme una lista de prendas enviadas a la lavandería y yo le pondré música.” Se vanagloriaba Rossini. El principal factor que contribuyó a la fama de Rossini fue la melodía; aunque de mala gana, así lo reconoce Wagner. “Rossini, volvió la espalda a la pedante acumulación de partituras densas y escuchó la voz del pueblo, que cantaba sin una nota escrita.” “La melodía desnuda, grata al oído, absolutamente melódica, la melodía que no era más que melodía y no otra cosa.” Wagner llegaba a la conclusión de que con Rossini, “la relación de la opera con la vida real toca a su fin, pues se desechaba todo lo que significara pretensión de drama y se permitía que el ejecutante considerase que el virtuosismo era su única meta.” Wagner estaba dispuesto como veremos a corregir la situación.

El Barbero de Sevilla, la más grande de las óperas buffas, consiguió que la música de Rossini hiciese furor en todas las casas de opera europeas.

Hoy se recuerda a Rossini principalmente en su condición de autor de óperas bufas pero las óperas serias y trágicas fueron apreciadas en su tiempo. Otello,  Moisés, Guillermo Tell. El propio Beethoven admiraba el Barbero y dijo al compositor que debía producir muchas obras más por el estilo. Schubert incorporo el famoso crescendo de Rossini y otros recursos.

 
Hacia 1830, Rossini dejó de componer, y aunque vivió treinta y nueve años más nunca volvió a escribir para el público. Su retiro es un misterio, objeto de muchas conjeturas. Sin duda, compuso dos obras religiosas en gran escala y se entretuvo componiendo muchas piezas breves para piano. En sus óperas Rossini nunca fue parte del mundo romántico. Pero escuchaba todo, y en sus obras como el Stabat Mater y la Petite Messe Solennelle (obra maestra) empleó armonías mucho más arriesgadas que en todo lo que puede hallarse en sus óperas.



En su retiro debe valorarse que hacia 1830 el romanticismo estaba abriéndose paso, y Rossini era un antirromantico. Detestaba la estridencia, las excentricidades, las afectaciones del nuevo movimiento. Sobre todo odiaba el nuevo estilo de canto. Una nueva estirpe, la de los tenores de notas altas, hacia furor, y Rossini despreciaba todo los que ellos representaban. “Que pase, pero que deje su do sostenido en el perchero, puede recogerlo al salir”, dijo Rossini cuando le anunciaron la visita de Tamberlik, tenor de la época.

También hay que tener en cuenta que Rossini se preguntaría si su público lo abandonaría o no en favor de los nuevos dioses, y especialmente  de Meyerbeer. Rossini que había sido el rey de la opera europea durante tantos años. Con seguridad no veía con buenos ojos la posibilidad de que se lo considerase una reliquia del pasado. Wienstock, biógrafo de Rossini, señala, “Nada en el sugiere la posibilidad de que compitiera o deseara competir con el compositor de los Hugonotes o con el de Nabucco.”

Vamos a escuchar algunas de las oberturas más representativas y populares de Rossini:

La italiana en Argel. Ópera bufa en dos actos gracias a la cual el músico vuelve la espalda a la antigua ópera italiana. Un sentido innato de las situaciones teatrales y de su explotación musical, una instrumentación cuyo brillo solo iguala su refinamiento, tanto en las arias y los maravillosos conjuntos como en la célebre obertura. La sencillez melódica y la eficacia dramática no cesan de asombrarnos y el sabor y los colores instrumentales, sobre todo el riquísimo de los instrumentos de viento, madera y metal son un verdadero encanto.



La Gazza Ladra (la Urraca Ladrona)

Con una orquestación cargada, esta ilustre página comienza con un rasgo genial: los redobles de tambor anuncian a la vez el drama que va a desarrollarse y el acontecimiento musical que va a tener lugar, obra maestra de efecto teatral.


La Escala de Seda. Construida sobre dos temas, forman toda la sustancia de esta página infinitamente seductora que por su instrumentación rebuscada y su elegante verbo, anuncia ya al gran Rossini.


Semiramis. Se trata de una obra ambiciosa en la que la invención melódica, siempre tan rica, se alía a una expresión dramática de gran potencia que prefigura la gran opera francesa tal como la concibe después Meyerbeer. Sin duda es de las oberturas más bellas escritas por Rossini. Página de infinita seducción que debería hacer cambiar de parecer a los detractores de Rossini.


La primera mitad de la vida de Rossini se desenvuelve con arreglo al patrón del compositor afortunado de óperas. El contrapunto de los nacionalismos musicales (Weber en Viena y Berlioz en Francia) da el triunfo de Rossini un énfasis especial. Rossini se detiene en las mismas puertas del Romanticismo; A pesar de sus deseos de estar a la corriente, Rossini, adinerado y volteriano, se retira a tiempo, siendo una estampa perfectamente antirromantica.

Su Obra y Estilo.

Dos óperas opuestas sirven para llegar a la esencia de su estilo. El Barbero de Sevilla y Guillermo Tell.

El Barbero de Sevilla, corona gloriosamente la simpática e intensa historia de la ópera bufa. La obra atiende fundamentalmente al patrón dieciochesco, pero mostrando una perfecta asimilación de las novedades mozartianas que pueden ser útiles en el cuadro italiano. Sobre un marco tradicional, Rossini organiza una orquestación fulgurante y sencilla, un ritmo genialmente inquieto, donde caen con gracia, perlas de melancolía muy de su tiempo. En esta partitura genial, Rossini ensancha el cuadro de la ópera bufa hasta convertirla en una gran comedia de carácter con una finura psicológica que nos asombra. Todo ello de una soberbia sencillez y perfectamente irresistible.


Guillermo Tell, el último gran éxito de Rossini nos presenta una ópera que conoce ya las inquietudes románticas. No en vano Rossini ha podido vivir en Viena la grandeza Beethoviana y la hermosa música de Weber. En la instrumentación, en la misma melodía, Guillermo Tell es contemporáneo de los años del primer romanticismo, los años que ponen en moda  a Walter Scott. La obertura dividida en cuatro partes bien distintas, no toma ningún motivo de la ópera y constituye en sí misma un verdadero poema sinfónico.

Comienza con un breve andante dominado por el canto de un lirismo enloquecido de los violines y contrabajos, evocación bucólica de gran pureza melódica. La segunda sección describe la tempestad que se aproxima y estalla. La tercera parte, el corno ingles canta el celebérrimo tema de la melodía pastoril. La cuarta parte es una deslumbrante marcha (que hace felices aun a muchas bandas musicales y es la providencia salvadora de los dibujos animados. celeberrima marcha de Guillermo Tell)


La obertura de Guillermo Tell y la del Barbero de Sevilla, permanecen en el reportorio sinfónico y ahí vive el mejor resumen de su estilo.

Su asombrosa facilidad melódica, su brillante estilo y su dinamismo ejercen todavía gran atracción a pesar de su indiferencia casi total para las innovaciones armónicas.

Bellini y Donizetti

Bellini (1801-1835) y Donizetti (1797-1848) no dan ningún paso más en el viejo cuadro. Bellini, músico sensible y dotado para la melodía, ha representado en sus melodías los años parisienses de aurora del romanticismo. Sus óperas son pobres de trama escénica que se acerca al molde estático de la cantata, riquísimas de melodía, mientras que Donizetti intenta agudizar más el contraste romántico. El enorme triunfo de Bellini en Paris, la admiración y amistad de Chopin, su silueta perfectamente romántica, deja un testimonio de dulzura y de simpatía antes de la gran época italiana.

Tres óperas bastan para perpetuar el nombre de Bellini. Tres obras maestras del Bel Canto romántico, Los Puritanos, la Sonnambula y Norma.

La Sonnambula es una ópera semiseria (1831), una tremenda favorita en su época y que todavía sigue en el repertorio. Tiene sus momentos encantadores, pero las obras más representativas de Bellini son Norma (1831) e I Puritani (1835). Incluyen muchas de las arias que son la esencia de Bellini: la melodía prolongada, como un arco que se tiende lentamente sobre un bajo arpegiado. Bellini estaba obsesionado con  la melodía. Incluso Wagner, que detestaba la mayor parte de la música italiana, se mostró sensible a Norma. Dijo de las óperas de Bellini que eran “todo corazón, relacionadas con  las palabras.” Y aunque Rossini y Donizetti también habían creado melodías largas y lentas, no tenían la intensidad peculiar de las de Bellini. Las melodías de Rossini exhiben una orientación clásica y en cambio las de Bellini son románticas.

Verdi admiraba en Bellini, “las melodías muy largas, tales como nadie ha compuesto antes.” Su música atrajo a los grandes cantantes, incluso más que las de Rossini, que respondían de esta manera al romanticismo implícito en las arias de Bellini.

Se admite que Norma es su opera más grande, aunque I Puritani tiene más brillo. Una melodía  segura e infinitamente prolongada como la de Casta Diva, que se desarrolla de compás en compás, perfectamente proporcionada, casta pero al mismo tiempo colmada de pasión, determina una influencia inolvidable cuando está  bien cantada. El de Norma no es un papel fácil. Exige una soprano dramática de flexibilidad desusada. Más avanzado el siglo, alguna soprano alemana destacaría que prefería cantar tres Brünnhildas seguidas antes que una Norma. A juicio de muchos Norma es la esencia del Bel Canto.

 
Escuchamos algunas arias de su ópera I Puritani









Escuchamos ahora algunas arias de su ópera la Sonnambula






Y finalmente algunas arias de la célebre Norma



 












Las composiciones puramente instrumentales de Bellini son poco numerosas y preceden a sus óperas. Relativamente poco conocido es el concierto para oboe en mi bemol pero que lleva el sello del compositor. Los dos movimientos de este encantador concierto permiten sin duda comprender mejor las afinidades que unían a dos genios tan parecidos en su elegancia aristocrática y su sublime romanticismo.


Sin la muerte de Bellini y el silencio de Rossini, Donizetti no habría podido encabezar el movimiento musical italiano. Su pasmosa facilidad le permiten escribir varias operas por año. En 1835 estrena su mejor obra, Lucia de Lamermoor, que junto a Don Pascuale y L´elisir d´amore perduran todavía hoy

Donizetti, fue todavía más prolífico que Rossini. Tenía donaire y estilo, y abusaba constantemente de su talento, pues componía mucho y con excesiva rapidez. Como todos los compositores de opera italianos, se desplazaba constantemente y recorría Italia de un extremo a otro. En sus mejores creaciones fue un compositor elegante, y sus óperas cómicas tienen el tipo de invención melódica, de gusto y de brío que solo Rossini sabia aportar a la música.










Con esta serie de músicos poco profundos pero dotados para el teatro y para el tratamiento de la belleza vocal a la que otorgan un papel primordial, finaliza la época de los primeros románticos italianos.

 
En la próxima entrada veremos que pasaba en la ópera en Alemania a través de la genial figura de Carl María von Weber y asistiremos al éxito arrollador de la Gran Opera en la figura hoy olvidada de Giacomo Meyerbeer, que dominó de forma abrumadora la escena operística durante gran parte del siglo XIX.

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