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domingo, 27 de abril de 2014

El Romanticismo literario y su obsesion por la musica


El romanticismo literario es un movimiento que  aparece en Alemania y en Inglaterra en el último cuarto del siglo XVIII y poco a poco va ganando terreno en toda Europa. Pocas veces en la historia de la música, podemos asistir a una unión entre el fenómeno literario y el musical. El siglo XIX y el romanticismo literario  sentirán obsesión por la  música. El sentimiento será reciproco, pues como veremos la música se llenará de significado literario.

Goethe, (1749-1832) escribe en 1774 Werther y en 1790 su Fausto, permanente fuente de inspiración y obsesión de los músicos románticos. La obra de los grandes poetas ingleses (Byron, Shelley, Keats) se sitúa en el primer cuarto del siglo XIX. En Francia, la época romántica ya anunciada por Rousseau empieza hacia 1820 con la  publicación de las Meditaciones de Lamartine y dura hasta 1850. Chateaubriand (1768-1848) es el principal iniciador, sin olvidar el prefacio de Cromwell 1827 de Víctor Hugo.

Pintores y escritores participan de una transformación del gusto artístico. La música sigue la tendencia y  durante toda la primera mitad del siglo XIX se produce una verdadera revolución en el terreno musical. Sobre todo se va a manifestar en los países germánicos, pero cada nación participará en mayor o menor medida con sus particulares tendencias, muchas de ellas a través del nacionalismo, hijo del romanticismo

De  forma  general, el romanticismo sustituye la perfección abstracta del clasicismo, a veces algo fría, por un lirismo que no es otra cosa que una manifestación del individualismo que empuja y mueve al artista a reflejar en su obra, sus sentimientos, sus estados de ánimo, sus alegrías y sus penas y a colocar la sensibilidad y la imaginación por encima de la razón.
 
Situado en la unión de dos épocas con tendencias totalmente opuestas, Beethoven experimenta en sus primeras composiciones la perfección clásica. Al final de su vida contribuye al nacimiento de un arte que convulsionará todas las costumbres musicales. Sus sucesores adoptan este nuevo estilo y se dejan seducir por la libertad de expresión y el gusto por lo fantástico y legendario que caracterizan esencialmente el genio romántico alemán.

En el puro terreno estético, solo la música puede reunir las condiciones pedidas por los románticos; La libertad interior frente a la forma hecha, la proyección sentimental, el regusto en la melancolía, solo encuentra cauce en los músicos románticos.

 
Hegel plantea genialmente en su “Estética” la distinción entre el arte clásico y el arte romántico; cuando Hegel percibe en el arte romántico la expresión de la historia íntima del alma, se ha dado el gran paso para la apoteosis de la música romántica. De su estética a la de Kant hay un abismo. Para Hegel la música es arte del sentimiento; consideraba el sonido como un simple medio de transmisiones sin valor propio, puesto que su carácter consiste precisamente en destruirse y aniquilarse conforme se produce, quedando solo su resonancia en las profundidades del alma.

La música se concibe como un modo de liberación del neoclasicismo y como instrumento  de comprensión de la naturaleza. Solo en  la música puede conocerse la naturaleza. Ninguno comprenderá la naturaleza si no posee un órgano especial para ello, capaz de sentir la alegría innata del Creador.

Todo el significado del arte para Schopenhauer, se agota en la mera concentración del interés en el aspecto de representación, refugiándose en el único mundo donde la voluntad y el dolor no pueden llegar.

La música es una imagen de la voluntad misma, de sus disonancias, de sus extravíos y de su ansia insaciable de búsqueda de solución y redención. Es la realidad más perfecta, más fundamental, más general, pero está lejos de la realidad misma. En la doctrina de Schopenhauer encuentra la música romántica su exaltación más apoteósica y más peligrosa a la vez: es una doctrina que junta en sí, sin separación, la hermosura de la música y el peligro de esa hermosura.

Si los escritores románticos, los alemanes de manera especial, se sienten como en su casa cuando de música se habla, los músicos paralelamente, aparecen llenos de inquietudes literarias. Después de las geniales intuiciones de Beethoven, alguna de las cuales puede servir de símbolo al romanticismo, los músicos alemanes defienden desde el periódico, desde las revistas, desde los mismos libros, sus teorías.

No se trataba de una mera especulación musical que tan bien manejaban los clásicos; la literatura musical en manos de Berlioz, de Weber, de Schumann,  baja a terrenos más directamente polémicos, donde se defienden no ya teorías, sino otras concepciones del mundo.

Antes del apogeo Wagneriano, Schumann simboliza como nadie este factor literario, compañero de la creación musical.

En Alemania, la generación que forma el llamado primer  romanticismo alemán aparece obsesionada con la música. Los poetas y escritores alemanes se lanzan a la exaltación de la música, (Novalis, Tieck, Górres) todos han dicho similares palabras. Los dos términos que el romanticismo tan bien conjuga, amor y noche, solo parecen encontrar en la musica un vehículo apropiado de expresión.

 
La unión de música y amor es fundamental para darse cuenta de esa especie de predestinación musical del romanticismo. “Todo es música cuando se mira con los ojos del amor”. “El amor piensa con sonidos tiernos,” dice Tieck.  Goethe habla en el poema elegiaco Marienbad de la doble felicidad de los sonidos y del amor. La música es sinónimo de la electricidad; la música es la transfiguración de la naturaleza; la música es el campo eléctrico sobre el cual vive y crea el espíritu.
Goethe ha contestado en romántico a estas palabras: “La música nos da el presentimiento de un mundo más perfecto que los sonidos expresan balbuciendo.” “La vida es la música del alma.”  “Por el templo de la música nos acercamos a la Divinidad y en ella encontramos la verdadera resurrección.”

Los autores del romanticismo que muchos  son también músicos, como Hoffman o como Ludwig han creado figuras netamente románticas, donde la música organiza un mundo nuevo con sus ángeles y demonios.

Las imprecisiones de concepto, la nebulosa vertida por los poetas en torno a la música favoreció la ascensión de ésta. Si antes se amparaban en el llamado estado poético todos los vuelos idealistas,  ahora parecen monopolizados en el estado de ensueño que solo la música crea. Esta indeterminación aparece favorecida también por la mezcla romántica de las artes y la no menos romántica y germana pretensión de sintetizarlas en una sola, aún antes de Wagner.

Pero estos caracteres de indeterminación y de mezcla en los generos artísticos han repugnado siempre al espíritu francés. No podemos encontrar pues un paralelo francés a la eclosión de la música entre los poetas románticos alemanes.

Hasta la polémica wagneriana, hasta la famosa carta de Baudelaire a Wagner, los escritores franceses, la misma George Sand, no profundizan en la música. Realmente la indiferencia musical de la elite intelectual francesa tenía una excusa en la debilidad de los compositores de renombre. Berlioz es totalmente incomprendido; se amaba la música como un objeto curioso,  decorativo y  sin importancia, y eso era realmente. La vida musical parisiense gira en torno a tres virtuosismos: el operístico, el instrumental  y el de la danza. La literatura escrita en torno a ellos es una literatura ingeniosa, brillante, tierna a veces y superficial siempre. Este estado de cosas empieza a cambiar con el Fausto de Gounod y Carmen de Bizet  pero sobre todo con la escuela de Cesar Franck.

Tampoco se da en Francia una vuelta tan apasionada hacia Shakespeare como se da en Alemania. Las metáforas musicales más bella del dramaturgo inglés toman cuerpo entre los románticos alemanes, siendo en Francia el influjo mucho menor.

En Inglaterra, durante la primera mitad del siglo los escritores encuentran un fácil terreno musical en el comentario operístico. Podemos hablar de una literatura hecha en torno al prestigio de la voz humana. La poesía de Shelley expresa maravillosamente el encanto de la voz humana. Sus versos sirven de norma a las alusiones musicales de un par de generaciones, por lo menos.

Coleridge maneja alusiones musicales muy emparentadas con el romanticismo alemán mezcladas con un  sentido para lo fantástico, con la apreciación de ruidos y voces de la naturaleza. Carlyle se expresa también en tono nebuloso: “todas las cosas intimas son melodiosas y se expresan naturalmente por el canto.”

En Newman que era un excelente violinista, se concilian romanticismo, técnica y una finura sentimental que le impiden caer en las apasionadas pseudoteologicas de los románticos alemanes.

Edgar Poe es el escritor de la lengua inglesa que mejor representa los anhelos fantásticos del romanticismo. Fiel al más puro romanticismo, asigna a la música el sentido de lo impreciso y de lo irreal. “yo sé que la imprecisión es un elemento de la música romántica; la música necesita liberarse de toda precisión excesiva, de todo tono determinado, si no se la quiere despojar de un golpe de su carácter etéreo, ideal, con lo que perdería lo más característico de su poder.”

Poe trabaja en ese reino de lo fantástico, en ese mundo musical con ángeles y demonios tan bien expresado por Hoffmann. Los personajes de Hoffmann y los de Poe hacen compañía a toda la música romántica con ese tránsito continuo entre el mundo real y el irreal.

 
Belleza,  Naturaleza, Música y  Amor, cuatro expresiones que siempre han estado presentes en la historia de la música pero que solo en este movimiento literario se convierten en atributos todas ellas  juntas de la Divinidad romántica.